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	<title>Maneras de Bien Soñar &#187; viajes</title>
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	<description>Revista digital de literatura y cultura de la palabra</description>
	<lastBuildDate>Fri, 28 Jan 2011 19:24:29 +0000</lastBuildDate>
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		<title>El caso de los viejitos voladores</title>
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		<pubDate>Thu, 24 Apr 2008 14:57:55 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[Bioy Casares]]></category>
		<category><![CDATA[cuentos]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[viajes]]></category>

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		<description><![CDATA[por: Adolfo Bioy Casares Un diputado, que en estos años viajó con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara que nombrara una comisión investigadora. El legislador había advertido, primero sin alegría, por último con alarma, que en aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado de hombres [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="texto" style="text-align: right;"><strong>por: Adolfo Bioy Casares</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/viejitos.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-104" style="border: 1px solid black;" title="viejitos voladores, un cuento de Bioy Casares" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/viejitos.jpg" alt="" width="500" height="200" /></a></p>
<p class="texto">Un diputado, que en estos años viajó                        con frecuencia al extranjero, pidió a la cámara                        que nombrara una comisión investigadora.</p>
<p class="texto">El legislador había advertido, primero                        sin alegría, por último con alarma, que en                        aviones de diversas líneas cruzaba el espacio en                        todas direcciones, de modo casi continuo, un puñado                        de hombres muy viejos, poco menos que moribundos. A uno                        de ellos, que vio en un vuelo de mayo, de nuevo lo encontró                        en uno de junio. Según el diputado, lo reconoció                        &#8220;porque el destino lo quiso&#8221;.</p>
<p class="texto">En efecto, al anciano se lo veía                        tan desmejorado que parecía otro, más pálido,                        más débil, más decrépito.</p>
<p class="texto">Esta circunstancia llevó al diputado                        a entrever una hipótesis que daba respuesta a sus                        preguntas.</p>
<p class="texto">Detrás de tan misterioso tráfico                        aéreo, ¿no habría una organización                        para el robo y la venta de órganos de viejos? Parece                        increíble, pero también es increíble                        que exista para el robo y la venta de órganos de                        jóvenes. ¿Los órganos de los jóvenes                        resultan más atractivos, más convenientes?                        De acuerdo: pero las dificultades para conseguirlos han                        de ser mayores. En el caso de los viejos podrá contarse,                        en alguna medida, con la complicidad de la familia.</p>
<p class="texto">En efecto, hoy todo viejo plantea dos alternativas:                        la molestia o el geriátrico. Una invitación                        al viaje procura, por regla general, la aceptación                        inmediata, sin averiguaciones previas. A caballo regalado                        no se le mira la boca.</p>
<p class="texto"><span id="more-56"></span>La comisión bicameral, para peor,                        resultó demasiado numerosa para actuar con la agilidad                        y eficacia sugeridas. El diputado, que no daba el brazo                        a torcer, consiguió que la comisión delegara                        su cometido a un investigador profesional. Fue así                        como El caso de los viejos voladores llegó a esta                        oficina.</p>
<p class="texto">Lo primero que hice fue preguntar al diputado                        en aviones de qué líneas viajó en mayo                        y en junio.</p>
<p class="texto">&#8220;En Aerolíneas y en Líneas                        Aéreas Portuguesas&#8221; me contestó. Me presenté                        en ambas compañías, requerí las listas                        de pasajeros y no tardé en identificar al viejo en                        cuestión. Tenía que ser una de las dos personas                        que figuraban en ambas listas; la otra era el diputado.</p>
<p class="texto">Proseguí las investigaciones, con                        resultados poco estimulantes al principio (la contestación                        variaba entre &#8220;Ni idea&#8221; y &#8220;El hombre me suena&#8221;),                        pero finalmente un adolescente me dijo &#8220;Es una de las                        glorias de nuestra literatura&#8221;. No sé cómo                        uno se mete de investigador: es tan raro todo. Bastó                        que yo recibiera la respuesta del menor, para que todos                        los interrogados, como si se hubieran parado en San Benito,                        me contestaran: &#8220;¿Todavía no lo sabe?                        Es una de las glorias de nuestra literatura&#8221;.</p>
<p class="texto">Fui a la Sociedad de Escritores donde un                        socio joven, confirmó en lo esencial la información.                        En realidad me preguntó:</p>
<p class="texto">–¿Usted es                        arqueólogo?</p>
<p class="texto">–No, ¿Por qué?</p>
<p class="texto">–¿No me diga que es escritor?</p>
<p class="texto">–Tampoco.</p>
<p class="texto">–Entonces no lo entiendo. Para el                        común de los mortales, el señor del que me                        habla tiene un interés puramente arqueológico.                        Para los escritores, él y algunos otros como él,                        son algo muy real y, sobre todo, muy molesto.</p>
<p class="texto">–Me parece que usted no le tiene simpatía.</p>
<p class="texto">–¿Cómo tener simpatía                        por un obstáculo? El señor en cuestión                        no es más que un obstáculo. Un obstáculo                        insalvable para todo escritor joven. Si llevamos un cuento,                        un poema, un ensayo a cualquier periódico, nos postergan                        indefinidamente, porque todos los espacios están                        ocupados por colaboraciones de ese individuo o de individuos                        como él. A ningún joven le dan premios o le                        hacen reportajes, porque todos los premios y todos los reportajes                        son para el señor o similares.</p>
<p class="texto">Resolví visitar al viejo. No fue                        fácil.En su casa, invariablemente, me decían                        que no estaba. Un día me preguntaron para qué                        deseaba hablar con él. &#8220;Quisiera preguntarle                        algo&#8221;, contesté. &#8220;Acabáramos&#8221;,                        dijeron y me comunicaron con el viejo. Este repitió                        la pregunta de si yo era periodista. Le dije que no. &#8220;¿Está                        seguro? preguntó.</p>
<p class="texto">&#8220;Segurísimo&#8221; dije. Me citó                        ese mismo día en su casa.</p>
<p class="texto">–Quisiera preguntarle, si usted me                        lo permite, ¿por qué viaja tanto?</p>
<p class="texto">–¿Usted es médico? –me                        preguntó–. Sí, viajo demasiado y sé                        que me hace mal, doctor.</p>
<p class="texto">–¿ Por qué viaja? ¿Por                        qué le han prometido operaciones que le devolverán                        la salud?</p>
<p class="texto">–¿De qué operaciones                        me está hablando?</p>
<p class="texto">–Operaciones quirúrgicas.</p>
<p class="texto">–¿Cómo se le ocurre?                        Viajaría para salvarme de que me las hicieran.</p>
<p class="texto">–Entonces, ¿por qué                        viaja?</p>
<p class="texto">–Porque me dan premios.</p>
<p class="texto">–Ya un escritor joven me dijo que                        usted acapara todos los premios.</p>
<p class="texto">–Si. Una prueba de la falta de originalidad                        de la gente. Uno le da un premio y todos sienten que ellos                        también tienen que darle un premio.</p>
<p class="texto">–¿No piensa que es una injusticia                        con los jóvenes?</p>
<p class="texto">–Si los premios se los dieran a los                        que escriben bien, sería una injusticia premiar a                        los jóvenes, porque no saben escribir. Pero no me                        premian porque escriba bien, sino porque otros me premiaron.</p>
<p class="texto">–La situación debe de ser muy                        dolorosa para los jóvenes.</p>
<p class="texto">–Dolorosa ¿Por qué?                        Cuando nos premian, pasamos unos días sonseando vanidosamente.                        Nos cansamos. Por un tiempo considerable no escribimos.                        Si los jóvenes tuvieran un poco de sentido de la                        oportunidad, llevarían en nuestra ausencia sus colaboraciones                        a los periódicos y por malas que sean tendrían                        siquiera una remota posibilidad de que se las aceptaran.</p>
<p class="texto">Eso no es todo. Con estos premios el trabajo                        se nos atrasa y no llevamos en fecha el libro al editor.</p>
<p class="texto">Otro claro que el joven despabilado puede                        aprovechar para colocar su mamotreto. Y todavía guardo                        en la manga otro regalo para los jóvenes, pero mejor                        no hablar, para que la impaciencia no los carcoma.</p>
<p class="texto">–A mí puede decirme cualquier                        cosa.</p>
<p class="texto">–Bueno, se lo digo: ya me dieron cinco                        o seis premios. Si continúan con este ritmo ¿usted                        cree que voy a sobrevivir? Desde ya le participo que no.                        ¿Usted sabe cómo le sacan la frisa al premiado?                        Creo que no me quedan fuerzas para aguantar otro premio.</p>
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		<title>En el campo</title>
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		<pubDate>Tue, 22 Apr 2008 14:37:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[Antón Chéjov]]></category>
		<category><![CDATA[campo]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[viajes]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: Antón Chéjov A tres kilómetros de la aldea de Obruchanovo se construía un puente sobre el río. Desde la aldea, situada en lo más eminente de la ribera alta, divisábanse las obras. En los días de invierno, el aspecto del fino armazón metálico del puente y del andamiaje, albos de nieve, era casi fantástico. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><strong>Por: Antón Chéjov</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/campo.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-108" style="border: 1px solid black;" title="En el campo, un cuento de Anton Chéjov" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/campo.jpg" alt="" width="640" height="270" /></a></p>
<p style="text-align: center;">
<p class="texto">A tres kilómetros de la aldea de                        Obruchanovo se construía un puente sobre el río.</p>
<p class="texto">Desde la aldea, situada en lo más                        eminente de la ribera alta, divisábanse las obras.                        En los días de invierno, el aspecto del fino armazón                        metálico del puente y del andamiaje, albos de nieve,                        era casi fantástico.</p>
<p class="texto">A veces, pasaba a través de la aldea,                        en un cochecillo, el ingeniero Kucherov, encargado de la                        construcción del puente. Era un hombre fuerte, ancho                        de hombros, con una gran barba, y tocado con una gorra,                        como un simple obrero.</p>
<p class="texto">De cuando en cuando aparecían en                        Obruchanovo algunos descamisados que trabajaban a las órdenes                        del ingeniero. Mendigaban, hacían rabiar a las mujeres                        y a veces robaban.</p>
<p class="texto">Pero, en general, los días se deslizaban                        en la aldea apacibles, tranquilos, y la construcción                        del puente no turbaba en lo más mínimo la                        vida de los aldeanos. Por la noche encendíanse hogueras                        alrededor del puente, y llegaban, en alas del viento, a                        Obruchanovo las canciones de los obreros. En los días                        de calma se oía, apagado por la distancia, el ruido                        de los trabajos.</p>
<p class="texto">Un día, el ingeniero Kucherov recibió                        la visita de su mujer.</p>
<p class="texto"><span id="more-55"></span>Le encantaron las orillas del río                        y el bello panorama de la llanura verde salpicada de aldeas,                        de iglesias, de rebaños, y le suplicó a su                        marido que comprase allí un trocito de tierra para                        edificar una casa de campo. El ingeniero consintió.                        Compró veinte hectáreas de terreno y empezó                        a edificar la casa. No tardó en alzarse, en la misma                        costa fluvial en que se asentaba la aldea, y en un paraje                        hasta entonces sólo frecuentado por las vacas, un                        hermoso edificio de dos pisos, con una terraza, balcones                        y una torre que coronaba un mástil metálico,                        al que se prendía los domingos una bandera.</p>
<p class="texto">La construcción estuvo pronto terminada:                        no duró más de tres meses. En el invierno                        se plantaron árboles en torno de la casa. Cuando                        llegó la primavera, todo verdeaba alrededor de la                        nueva finca. Partían en todas direcciones hermosas                        alamedas; el jardinero y dos jornaleros trabajaban en el                        jardín; una fontana sonaba melodiosa. Y una bola                        de cristal verde, colocada ante la puerta, brillaba bajo                        el Sol, de tal modo, que obligaba a cerrar los ojos.</p>
<p class="texto">Se bautizó la finca con el nombre                        de «Quinta Nueva».</p>
<p class="texto">Una mañana, a fines de mayo, llevaron                        a casa de Rodion Petrov, el herrador de la aldea, dos caballos                        de «Quinta Nueva» para que les cambiasen las                        herraduras. Los caballos eran blancos como la nieve, esbeltos,                        bien cuidados, y se parecían el uno al otro de un                        modo asombroso.</p>
<p class="texto">-¡Verdaderos cisnes! -dijo Rodion                        admirándolos.</p>
<p class="texto">Su mujer, Estefanía, sus hijos y                        sus nietos salieron también para admirar a los caballos,                        en torno de los cuales se fue aglomerando la gente. Acudieron                        los Zichkov, padre e hijo, ambos imberbes, mofletudos y                        destocados.</p>
<p class="texto">Acudió también Kozov, un viejo                        enjuto y alto, de luenga y estrecha barba, apoyado en un                        bastón. Guiñaba sin cesar los ojos astutos                        y se sonreía irónicamente, como si supiera                        muchas cosas que ignorase el resto de los hombres.</p>
<p class="texto">-Son blancos -dijo-; sí, son blancos;                        pero para el trabajo no valen gran cosa. Si yo mantuviese                        a mis caballos con avena, como mantienen a éstos,                        se pondrían no menos hermosos. Yo quisiera ver a                        estos cisnes arrastrando un arado y recibiendo algunos latigazos.</p>
<p class="texto">El cochero del ingeniero le dirigió                        a Kozov una mirada de desprecio; pero no dijo nada.</p>
<p class="texto">Mientras se encendía la fragua, el                        cochero les dio algunas noticias a los campesinos sobre                        la vida de sus amos. Fumando pitillo tras pitillo les contó                        que sus amos eran muy ricos; que la señora, Elena                        Ivanovna, antes de casarse, era institutriz en Moscú;                        que tenía muy buen corazón y gozaba socorriendo                        a los pobres. En la nueva finca, según decía                        el cochero, no se labraría ni se sembraría:                        se respiraría el aire del campo y nada más.</p>
<p class="texto">Cuando terminó y se encaminó                        con los caballos a «Quinta Nueva», siguióle                        una turba de chiquillos y perros. Los perros le ladraban                        furiosamente.</p>
<p class="texto">Kozov, mirándole alejarse, guiñaba                        los ojos con malicia.</p>
<p class="texto">-Vaya unas señores! -dijo con ironía                        malévola-. Han construido una casa, han comprado                        caballos; pero parece que no tienen que comer&#8230;</p>
<p class="texto">Había sentido desde el primer momento                        un odio feroz contra «Quinta Nueva». Era un                        hombre solitario, viudo. Llevaba una vida aburridísima.                        Una enfermedad le impedía trabajar. Su hijo, dependiente                        de una confitería de Jarkov, le enviaba dinero para                        vivir; el viejo no hacía nada; vagaba días                        enteros por la orilla del río o a través de                        la aldea, y les daba conversación a los campesinos                        que estaban trabajando. Cuando veía a uno pescando                        solía decir que con aquel tiempo no había                        pesca posible; si el tiempo era seco, aseguraba que no llovería                        en todo el verano; si llovía, afirmaba que las lluvias                        durarían mucho y que la humedad pudriría el                        trigo. Todos sus pronósticos eran pesimistas. Y los                        hacía guiñando los ojos de un modo maligno,                        como si supiera algo que ignorase el resto de los hombres.</p>
<p class="texto">En «Quinta Nueva» algunas noches                        había fuegos artificiales. Los propietarios acostumbraban                        a pasearse por el río en una barca iluminada con                        farolillos de colores.</p>
<p class="texto">Una mañana, Elena Ivanovna, la mujer                        del ingeniero, visitó la aldea con su niña.                        Llegaron en un coche de ruedas amarillas arrastrado por                        dos ponney. Llevaban sombreros de paja, de anchas alas,                        sujetos con cintas.</p>
<p class="texto">Los campesinos estaban ocupados en transportar                        estiércol al campo. El herrador Rodion, alto, enjuto,                        destocado, descalzo, con un bieldo al hombro, de pie ante                        su carro, rebosante de estiércol, miraba, boquiabierto,                        los bien cuidados caballitos. Se advertía que hasta                        entonces no había visto caballos semejantes.</p>
<p class="texto">-¡La señora! ¡La señora!                        -se oía murmurar.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna miraba las casas como eligiendo                        una; por fin, se detuvo a la puerta de la que le parecía                        más pobre y a cuyas ventanas se asomaban numerosas                        cabezas de niño, morenas, rubias, rojas.</p>
<p class="texto">Era precisamente la casa de Rodion.</p>
<p class="texto">Su mujer, Estefanía, una vieja gorda,                        apareció al punto en el umbral, mal cubierta la cabeza                        con una pañoleta. Miraba con asombro el elegante                        coche, confusa, sonriéndose estúpidamente.</p>
<p class="texto">-¡Para tus hijos! -le dijo Elena Ivanovna,                        dándole tres rublos.</p>
<p class="texto">Estefanía, sorprendida, feliz, se                        echó a llorar y saludó con gran humildad,                        inclinándose casi hasta el suelo.</p>
<p class="texto">Rodion saludó también muy                        humilde, enseñando su cráneo calvo.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna, azorada por aquellas humillaciones,                        se apresuró a volver a casa.</p>
<p class="texto">Los Ziclikov, padre e hijo, sorprendieron                        en un prado de su pertenencia a tres caballos -uno de ellos                        ponney- y un novillo, todos propiedad del ingeniero. Ayudados                        por el rojo Volodka, hijo del herrador Rodion, llevaron                        las bestias a la aldea. Se llamó al alcalde, que,                        en compañía de los Zichkov, de Volodka y de                        algunos testigos, encaminóse al prado para proceder                        a una información sobre los daños causados                        en él por las bestias.</p>
<p class="texto">Kozov, que era de la partida, parecía                        muy contento.</p>
<p class="texto">-¡Muy bien! -decía, guiñando                        con malicia los ojos-. ¡Que paguen! ¡Se les                        obligará a pagar!</p>
<p class="texto">¡Gracias a Dios, hay tribunales! Habrá                        que llamar a la policía e instruir un proceso verbal.</p>
<p class="texto">-¡Naturalmente, un proceso verbal!                        -confirmó Volodka.</p>
<p class="texto">-¡Si creéis que voy a perdonarles,                        os lleváis chasco! -gritaba Zichkov hijo, con tal                        arrebato, que su imberbe faz se enrojecía-. ¡Ca!                        ¡No soy tan tonto! ¡Si se les deja, adiós                        prados! Afortunadamente aún somos amos de nuestros                        bienes, y también para los señores existen                        leyes&#8230;</p>
<p class="texto">-¡Sí, también para los                        señores existen leyes! -repitió Volodka.</p>
<p class="texto">-Hemos vivido hasta ahora sin puente -dijo                        con voz sombría Zichkov-, y podríamos pasarnos                        sin él. No lo hemos pedido. ¿Para qué                        demonios lo necesitamos? ¡Que se lo guarden!</p>
<p class="texto">-¡Hermanos cristianos, es preciso                        que nos paguen todos los perjuicios!</p>
<p class="texto">-¡Vaya! -apoyó, guiñando                        los ojos, Kozov-. ¡Ya verán! Hay que escarmentarlos.</p>
<p class="texto">Luego, volvieron todos a la aldea. Por el                        camino, Zichkov hijo se daba puñetazos en el pecho                        y gritaba; Volodka gritaba también, repitiendo sus                        palabras.</p>
<p class="texto">En la aldea se agolpó la gente alrededor                        de los caballos y el novillo, que parecía avergonzado                        y bajaba la cabeza; pero de pronto echó a correr                        soltando coces. Kozov, asustado, levantó su garrote,                        entre las risas de los campesinos.</p>
<p class="texto">Encerradas las bestias en una cuadra, la                        gente esperó.</p>
<p class="texto">Al obscurecer, el ingeniero le envió                        cinco rublos a Zichkov para resarcirle del daño causado                        en su propiedad. Los caballos y el novillo fueron devueltos,                        y tornaron a la finca cabizbajos, como sintiéndose                        culpables y temiendo un severo castigo.</p>
<p class="texto">Recibidos los cinco rublos, los Zichkov,                        padre e hijo, el alcalde y Volodka atravesaron en un bote                        el río y se dirigieron a la gran aldea de Kriakovo,                        donde había una taberna. Allí se juerguearon                        de lo lindo. Cantaron, gritaron, juraron. El que más                        gritaba era Zichkov hijo.</p>
<p class="texto">En Obruchanovo, sus familias no podían                        conciliar el sueño y estaban muy inquietas. Rodion                        daba vueltas en la cama y pensaba:</p>
<p class="texto">-Han hecho mal. El ingeniero se enfadará                        y querrá vengarse&#8230; Además, es injusto lo                        que han hecho con él&#8230; Ha estado muy mal.</p>
<p class="texto">Un día, cuando Rodion y otros campesinos                        volvían del bosque, se encontraron con el ingeniero.                        Llevaba una blusa roja y botas altas. Seguíale un                        perro de caza, con la purpúrea lengua fuera.</p>
<p class="texto">-¡Buenos días, amigos! -dijo.</p>
<p class="texto">Los campesinos se detuvieron y se quitaron                        la gorra.</p>
<p class="texto">-Hace tiempo que busco una ocasión                        de hablaros, amigos míos -continuó-. He aquí                        de lo que se trata: desde principios del verano, vuestro                        rebaño se pasea por mi bosque y por mi jardín.                        Se come la hierba, estropea los árboles. Los cerdos                        me han puesto hechos una lástima el prado y la huerta.                        Les he rogado muchas veces a los pastores que tuvieran cuidado,                        pero no han hecho caso y me han contestado muy mal. Constantemente                        vuestras vacas y vuestros cerdos me están perjudicando,                        y, sin embargo, no os reclamo nada; ni siquiera me quejo,                        mientras que vosotros me habéis hecho pagar cinco                        rublos porque mis bestias han pasado por vuestro prado.                        ¿Es eso justo? ¿Se portan así los buenos                        vecinos?</p>
<p class="texto">Hablaba con voz suave, sin cólera,                        esforzándose en convencerlos.</p>
<p class="texto">-No, las gentes honradas -prosiguió-                        no obran así. Hace una semana me robasteis del bosque                        dos encinas jóvenes. ¿Por qué me hacéis                        daño a cada paso? ¿Qué queja tenéis                        de mí? ¡Decídmelo, en nombre de Dios!                        Yo y mi mujer hacemos cuanto nos es dable por sostener con                        vosotros buenas relaciones, ayudamos a los campesinos en                        la medida de nuestras fuerzas. Mi mujer es muy buena y nunca                        le niega nada a nadie. No piensa sino en seros útil                        a vosotros y a vuestros hijos, y vosotros nos devolvéis                        mal por bien. ¡No, eso no es justo, amigos míos!                        ¡Consideradlo, os lo ruego! Nosotros os tratamos de                        un modo muy humano, y es preciso que vosotros nos paguéis                        en la misma moneda&#8230;</p>
<p class="texto">El ingeniero siguió su camino.</p>
<p class="texto">Los campesinos permanecieron algunos instantes                        parados. Luego se cubrieron y continuaron andando.</p>
<p class="texto">Rodion, que entendía lo que le decían,                        no como debía entenderse, sino a su manera, suspiró                        y dijo:</p>
<p class="texto">-Sí, habrá que pagar. ¿No                        habéis oído lo que ha dicho? «Es preciso                        que nos paguéis en la misma moneda.»</p>
<p class="texto">Cuando llegó a su casa, Rodion rezó                        su oración ante el icono, se quitó las botas                        y se sentó en el banco, junto a su mujer. Cuando                        estaban en casa siempre estaban así: sentado el uno                        junto al otro; por la calle iban también juntos;                        juntos comían, bebían, dormían, y cuanto                        más viejos iban siendo se querían más.                        En la casa el aire era pesado, caluroso, estaba todo muy                        cerrado, se veían por todas partes -en el suelo,                        en las ventanas, sobre la estufa- criaturas. A pesar de                        sus muchos años, Estefanía seguía pariendo,                        y ante tanto chiquillo no era fácil saber a ciencia                        cierta los que eran de Rodion y los que eran de su hijo                        Volodka, casado hacía tiempo.</p>
<p class="texto">La mujer de Volodka, Lukeria, joven, pero                        fea, con nariz de pájaro y ojos de buey, cocía                        pan; su marido estaba sentado en la estufa con las piernas                        colgando.</p>
<p class="texto">-Nos hemos topado en el camino -comenzó                        Rodion- al ingeniero con su perro&#8230;</p>
<p class="texto">Hizo una pausa y empezó a rascarse                        la cabeza y el seno. El relato suponía para él                        un no pequeño esfuerzo mental.</p>
<p class="texto">-Sí, con su perro&#8230; Pues bien: hay                        que pagar, lo ha dicho el señor ingeniero; hay que                        pagar en moneda&#8230; No hay más remedio&#8230; Debía                        hacerse una colecta, poniendo diez copecs cada vecino, y                        darle al ingeniero&#8230; Se queja de nosotros, y con razón&#8230;                        Le hacemos porquerías&#8230;</p>
<p class="texto">-Hasta ahora hemos vivido sin puente y podríamos                        seguir sin él -dijo Volodka con enojo-. No lo necesitamos&#8230;</p>
<p class="texto">-Es el Gobierno quien lo construye. Nuestra                        opinión&#8230;</p>
<p class="texto">-¡Al diablo el puente!</p>
<p class="texto">-Nadie te pregunta si lo quieres o no.</p>
<p class="texto">-¡Al diablo! -repitió, furioso,                        Volodka-. ¿Para qué servirá? Si tenemos                        que atravesar el río lo podemos hacer en barca&#8230;</p>
<p class="texto">Alguien llamó a la puerta con tanta                        violencia, que toda la casa pareció estremecerse.</p>
<p class="texto">-¿Está ahí Volodka?                        -se oyó gritar a Zichkov hijo-. Ven, Volodka&#8230; Te                        espero.</p>
<p class="texto">Volodka saltó de la estufa y se puso                        a buscar la gorra.</p>
<p class="texto">-¡Más vale que no salgas! -le                        dijo con timidez su padre-. ¡No vayas con esa gente!                        Tú no eres muy listo; eres como un niño, y                        no aprenderás nada bueno. ¡No salgas!</p>
<p class="texto">-¡Sí, no vayas con ellos! -suplicó                        a su vez Estefanía, a punto de llorar-. De fijo iréis                        a la taberna&#8230;</p>
<p class="texto">-¡A la taberna! -repitió Volodka,                        burlándose.</p>
<p class="texto">-¡Y vendrás otra vez como una                        cuba! -dijo Lukeria, mirándole airada-. ¡Sinvergüenza!&#8230;                        ¡Gandul! ¡Que el maldito vodka te queme las                        entrañas! ¡Satanás sin rabo!</p>
<p class="texto">-¡Cállate! le amenazó                        Volodka.</p>
<p class="texto">-Me han casado con este idiota, con este                        imbécil&#8230; ¡Me han perdido, pobre huérfana!                        -exclamó Lukeria, llorando y secándose las                        lágrimas con la mano, llena de harina-. ¡No                        te puedo ver, puerco!</p>
<p class="texto">Volodka le dio, al pasar, un puñetazo                        en las narices, y salió a la calle.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna y su hijita fueron a la aldea                        a pie. Un hermoso paseo para ellas.</p>
<p class="texto">Era domingo y casi todas las mujeres y las                        muchachas de la aldea estaban en la calle, ataviadas con                        trajes de calores chillones.</p>
<p class="texto">Rodion y su mujer, sentados el uno junto                        el otro, en un poyo, a la puerta de su casa, saludaron y                        sonrieron a Elena Ivanovna y a su niña como antiguos                        amigos. Más de una docena de niños las miraban                        por las ventanas con asombro y curiosidad.</p>
<p class="texto">-¡La señora! ¡La señora!                        -murmuraban.</p>
<p class="texto">-¡Buenos días! -dijo, deteniéndose,                        Elena Ivanovna.</p>
<p class="texto">Calló un instante y añadió:</p>
<p class="texto">-¿Cómo les va a ustedes?</p>
<p class="texto">-¡Así, así, señora,                        a Dios gracias! -contestó Rodion-. Vamos tirando&#8230;</p>
<p class="texto">-¡Figúrese usted nuestra vida!                        -dijo sonriendo Estefanía-. Ya sabe usted, buena                        señora, lo pobres que somos. Hay catorce bocas en                        casa y sólo dos hombres para ganar el pan. Aunque                        mi marido es herrero, el oficio le produce poco: muchas                        veces ni tiene carbón para encender la fragua&#8230;                        ¡Es dura nuestra vida, muy dura!</p>
<p class="texto">Y se echó a reír, como si                        lo que decía fuera donosisímo.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna se sentó junto a ellos,                        abrazó a su hijita y se quedó meditabunda.                        En la faz de la niña también se pintaba la                        tristeza y se advertía que ingratos pensamientos                        torturaban su cabecita. Jugaba con la rica sombrilla de                        encajes que su madre tenía en la mano.</p>
<p class="texto">-Sí, vivimos en la miseria -dijo                        Rodion-. Siempre angustiados&#8230; Trabaja uno como un negro,                        y, sin embargo&#8230; Este verano el tiempo es seco, no llueve                        y la cosecha será mala. La vida es dura, señora&#8230;</p>
<p class="texto">-Pero, en cambio, seréis felices                        en la otra -dijo Elena Ivanovna para consolarles.</p>
<p class="texto">Rodion no comprendió el sentido de                        estas palabras, y en vez de contestar, carraspeó.</p>
<p class="texto">-No le dé usted vueltas, señora                        -dijo Estefanía-; hasta en el otro mundo los ricos                        serán más felices que nosotros. Los ricos                        mandan decir misas, les ponen velas a los santos, les dan                        limosna a los mendigos, y Dios, a quien tienen contento,                        les recompensará en la otra vida; mientras que nosotros,                        los pobres campesinos, ni siquiera tenemos tiempo para rezar,                        además de no tener dinero para velas, misas ni limosnas.                        Luego, nuestra pobreza nos hace pecar&#8230; Reñimos,                        juramos&#8230; Y Dios no nos perdonará. No, querida señora,                        nosotros, los campesinos, no seremos felices ni en este                        mundo ni en el otro. Toda la felicidad es para los ricos&#8230;</p>
<p class="texto">Hablaba con acento alegre, regocijado, como                        si contase algo muy gracioso. Estaba acostumbrada, desde                        hacía tiempo, a hablar de su vida triste y penosa.</p>
<p class="texto">Rodion sonreía también; le                        enorgullecía tener una mujer tan lista y elocuente.</p>
<p class="texto">-Es un error creer fácil la vida                        de los ricos -dijo Elena Ivanovna-. Cada cual tiene sus                        penas.</p>
<p class="texto">Nosotros, por ejemplo&#8230; Yo y mi marido                        no somos pobres; pero ¿cree usted que somos felices?                        Aunque soy joven todavía, tengo ya cuatro hijos,                        que casi siempre están enfermos. Yo también                        lo estoy y necesito cuidarme mucho.</p>
<p class="texto">-¿Qué enfermedad padece usted?                        -preguntó Rodion.</p>
<p class="texto">-Una enfermedad de mujer. No puedo dormir                        y me dan unos dolores de cabeza horribles. Ahora, por ejemplo&#8230;                        Estoy aquí sentada, hablando con ustedes, y siento                        una gran pesadez de cabeza y un desmadejamiento&#8230; Preferiría                        el trabajo más duro a sufrir así. Luego, mi                        alma tampoco descansa. Siempre estoy inquieta por mi marido,                        por mis hijos&#8230; Toda familia tiene su cruz. Nosotros también                        la tenemos. Yo no soy de origen noble. Mi abuelo era un                        simple campesino, mi padre era también un pobre humilde                        y tenía una tiendecita en Moscú. Pero mi marido                        es de una familia muy noble y muy rica. Sus padres se oponían                        a nuestro matrimonio y él no les hizo caso y rompió                        con su familia para casarse conmigo. Sus padres no le han                        perdonado todavía. Esto le inquieta, no le deja vivir                        tranquilo, pues quiere mucho a su madre. Naturalmente, yo                        padezco. Vivo en un constante desasosiego&#8230;</p>
<p class="texto">Ante la casa de Rodion se fueron reuniendo                        campesinos y campesinas, que escuchaban atentamente lo que                        decía Elena Ivanovna. Uno de los primeros que se                        aproximaron fue Kozov. Sacudía su estrecha y larga                        barba. Acercáronse luego los Zichkov, padre e hijo&#8230;</p>
<p class="texto">-Además -prosiguió Elena Ivanovna-,                        no puede ser feliz el que no está en su puesto. Vosotros                        lo estáis. Cada uno de vosotros tiene su trocito                        de tierra, trabaja y sabe para qué. Mi marido trabaja                        también, construye puentes. Pero yo no hago nada.                        Yo no tengo ningún trabajo y no puedo sentirme en                        mi centro. Os digo todo esto para que no juzguéis                        por las apariencias. El que un hombre vaya bien vestido                        y tenga dinero no significa que sea feliz ni mucho menos.</p>
<p class="texto">Se levantó y cogió de la mano                        a su hijita.</p>
<p class="texto">-Lo paso muy bien entre vosotros -dijo sonriendo.</p>
<p class="texto">Se advertía en su sonrisa tímida                        que, efectivamente, estaba enferma. En su rostro, joven                        y bello, de cejas y pestañas negras y cabellos rubios,                        había una delgadez y una palidez mórbidas.                        La niña se parecía mucho a su madre, incluso                        en lo delgada y pálida. Ambas olían a perfumes.</p>
<p class="texto">-Sí, todo me gusta aquí: el                        bosque, la aldea. Viviría aquí siempre. Creo                        que aquí me curaría y encontraría mi                        verdadero puesto en el mundo. Tengo un gran deseo, un deseo                        ardiente de ayudaros, de seros útil, de acercarme                        a vosotros. Conozco vuestras penas, vuestros sufrimientos&#8230;                        Lo que no conozco lo adivino. Estoy enferma, sin fuerzas,                        y ya no me es posible cambiar de vida, como quisiera; pero                        tengo hijos y procuraré educarlos en el cariño                        a vosotros. Procuraré hacerles comprender que su                        vida no les pertenece a ellos, sino a vosotros. Pero os                        ruego que confiéis en nosotros, que viváis                        con nosotros como buenos vecinos. Mi marido es un hombre                        honrado y de buen corazón. No le irritéis.                        Cualquier pequeñez le llega al alma. Ayer por ejemplo,                        vuestro rebaño ha pasado por nuestro jardín;                        alguno de vosotros ha estropeado la cerca de nuestra colmena.                        Mi marido se desespera&#8230; ¡Os ruego&#8230;!</p>
<p class="texto">Hablaba con voz suplicante, cruzadas las                        manos sobre el pecho.</p>
<p class="texto">-Os ruego que viváis en paz con nosotros.                        No dice el proverbio a humo de pajas que una mala paz es                        mejor que una buena riña, y que antes de comprar                        una casa debe uno enterarse de la condición de los                        vecinos. Os repito que mi marido es honbre de buen corrazón.                        Si os conducís con nosotros como buenos vecinos,                        os aseguro que no os pesará: haremos por vosotros                        cuanto esté en nuestra mano; arreglaremos los caminos,                        edificaremos una escuela para vuestros hijos. Os lo prometo.</p>
<p class="texto">-Está muy bien lo que usted dice                        -arguyó Zichkov, padre, bajando los ojos-. Ustedes                        son gente instruida y saben lo que hablan. Pero, ¿qué                        quiere usted?, en la aldea de Eresnevo, Voronov, un rico                        propietario, prometió también, entre otras                        muchas cosas, edificar una escuela. Pues bien: sólo                        edificó el armazón, y no quiso seguir las                        obras. Los campesinos, obligados por las autoridades, tuvieron                        que seguirlas y se gastaron en ellas mil rublos.</p>
<p class="texto">¿Qué le parece a usted?&#8230;                        A mí me parece una acción que no tiene perdón                        de Dios.</p>
<p class="texto">-Muy bien! -aprobó Kozov, con una                        sonrisa maligna-. ¡Muy bien!</p>
<p class="texto">-¡No tenemos necesidad de vuestra                        escuela! -dijo Volodka, ásperamente-. Nuestros hijos                        van a la escuela de la aldea vecina. Que sigan yendo. ¡No                        queremos escuela!</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna perdió de pronto todo                        aplomo. Pálida, abatida, como si acabase de recibir                        un golpe en la cabeza, se fue sin decir una palabra. Marchaba                        presurosa, sin mirar atrás.</p>
<p class="texto">-¡Señora! -gritó Rodion                        siguiéndola-. Espere usted, óigame&#8230;</p>
<p class="texto">La seguía tenaz, descubierto, hablándole                        en un tono humilde, como si pidiese limosna.</p>
<p class="texto">-Señora, espere&#8230; escúcheme.</p>
<p class="texto">Cuando estaban ya fuera de la aldea, Elena                        Ivanovna se detuvo a la sombra de un viejo tilo.</p>
<p class="texto">-¡No se enfade, señora! -dijo                        Rodion-. No vale la pena. Hay que tener un poco de paciencia.</p>
<p class="texto">Tenga paciencia un año, dos. Nuestros                        campesinos, en el fondo, son buena gente&#8230; Se lo juro a                        usted. No hay que hacer caso de las palabras de Kozov, de                        Zichkov ni de mi hijo Volodka. Mi hijo es un infeliz y no                        hace más que repetir lo que les oye a los demás.                        Le aseguro a usted que los campesinos no son malos. Los                        hay nada tontos, pero que no se atreven a hablar&#8230; o, mejor                        dicho, que no pueden, porque no saben decir lo que piensan.                        Somos gente obscura, sin instrucción, ignorante&#8230;                        No hay que enfadarse. Lo mejor es tener paciencia&#8230;</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna miraba, meditabunda, al ancho                        río tranquilo, y las lágrimas se deslizaban                        por sus mejillas. Aquellas lágrimas turbaban de tal                        modo a Rodion, que el pobre hombre estaba a punto de llorar                        también.</p>
<p class="texto">-No se apure -decía, tratando de                        tranquilizar a la dama-. Todo se arreglará. Se edificará                        la escuela, se pondrán en buen estado los caminos.                        Pero todo a su debido tiempo, por sus pasos contados. Para                        sembrar trigo en esta colina hay que empezar por quitar                        la piedra, hay que labrar&#8230;</p>
<p class="texto">Sólo después de preparar el                        terreno se podrá sembrar. Lo mismo sucede con nuestros                        campesinos: hay que preparar el terreno&#8230;, y eso requiere                        tiempo&#8230;</p>
<p class="texto">En aquel momento vieron venir hacia ellos                        un grupo de campesinos. Cantaban y se acompañaban                        con un acordeón.</p>
<p class="texto">-¡Mamá, vámonos! -dijo                        la niñita, asustada, apretándose contra su                        madre y temblando de pies a cabeza-. ¡Vámonos,                        mamá! No quiero seguir aquí&#8230;</p>
<p class="texto">-¿Y adónde quieres que nos                        vayamos?</p>
<p class="texto">-¡A Moscú! En seguida, mamá,                        en seguida&#8230;</p>
<p class="texto">La niñita se echó a llorar.</p>
<p class="texto">Su llanto aumentó la turbación                        de Rodion, que empezó a sudar, y sacando del bolsillo                        un pepino, corvo como una hoz, se lo alargó a la                        criatura.</p>
<p class="texto">-Tómalo&#8230; para tí&#8230; No llores.                        Mamá te pegará y se lo contará a papá.                        Torna el pepino, cómetelo&#8230;</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna y su hija siguieron andando.                        Rodion fue tras ellas largo trecho, intentando decirles                        algo afectuoso y convincente. Pero al fin se dio cuenta                        de que, ensimismadas, taciturnas, no le hacían caso,                        y se detuvo.</p>
<p class="texto">Siguiólas largo rato con la mirada,                        haciéndose sombra con la mano en los ojos. Y no se                        decidió a tornar a la aldea hasta que desaparecieron                        en el bosque.</p>
<p class="texto">El ingeniero estaba cada día más                        nervioso, más irritable, y en cualquier pequeñez                        veía un robo, un atentado. Hasta durante el día                        la puerta de la finca estaba cerrada con candado. De noche                        la guardaban dos centinelas. El ingeniero se negó                        categóricamente a emplear en ningún trabajo                        a los campesinos de Obruchanovo.</p>
<p class="texto">El mal humor del señor Kucheroy subió                        de punto con motivo de algunas raterías. Un día,                        un campesino -o acaso un obrero de los que trabajaban en                        la construcción del puente- colocó en el coche                        unas ruedas viejas y se llevó las nuevas; algún                        tiempo después desaparecieron algunas guarniciones.</p>
<p class="texto">Hasta la gente de la aldea estaba indignada.                        Y cuando pidió que se procediese a un registro en                        casa de los Zichkov y en casa de Volodka, los objetos robados                        fueron encontrados en el jardín del ingeniero; no                        cabía duda de que el ladrón, temeroso del                        registro solicitado, los había llevado allí.</p>
<p class="texto">Una tarde, unos campesinos que volvían                        del bosque tornaron a encontrarse con el ingeniero. El señor                        Kucherov se detuvo, sin saludarles, y mirando severamente                        tan pronto a uno como a otro, habló de esta manera:</p>
<p class="texto">-Os he rogado que no cojáis setas                        en mi parque, y, no obstante, vuestras mujeres vienen al                        salir el Sol y se las llevan todas; de modo que no queda                        ninguna para mi mujer y mis hijos. No hacéis ningún                        caso de mis ruegos. Las súplicas y las reflexiones                        son inútiles con vosotros.</p>
<p class="texto">Claváronse sus airados ojos en Rodion,                        y añadió:</p>
<p class="texto">-Yo y mi mujer os hemos tratado humanamente,                        como a hermanos, y vosotros, en cambio&#8230; Pero ¿para                        qué gastar saliva?&#8230; No habrá más                        remedio que romper con vosotros toda clase de relaciones.</p>
<p class="texto">Y haciendo visibles esfuerzos para no dejarse                        arrastrar por la cólera, les volvió la espalda                        a los campesinos y se fue.</p>
<p class="texto">Cuando llegó a casa, Rodion oró                        ante el icono; se quitó las botas y se sentó                        en el banco, junto a su mujer.</p>
<p class="texto">-Sí&#8230; -dijo tras un corto silencio-.                        Acabamos de toparnos con el ingeniero&#8230; Ha visto al salir                        el Sol a las mujeres de la aldea&#8230; Y está enfadado                        porque no les llevan setas a su mujer y a sus hijos&#8230; Luego                        me ha mirado y me ha dicho no sé qué de relaciones&#8230;                        Sin duda quieren ayudarnos&#8230; Como están enterados                        de nuestra miseria&#8230; ¡Dios se lo pague!</p>
<p class="texto">Estefanía se persignó y suspiró.</p>
<p class="texto">-Son unos señores muy buenos&#8230; Ven                        nuestra pobreza y quieren hacer algo por nosotros. La Santísima                        Virgen nos envía ese auxilio para nuestra vejez&#8230;</p>
<p class="texto">El 14 de septiembre era la fiesta del Patrón                        de la aldea. Los Zichkov, padre e hijo, atravesaron el río                        muy de mañana, se metieron en la taberna y volvieron                        por la tarde borrachos perdidos. Paseáronse un rato                        por la aldea, cantando y jurando; se pegaron luego, y, por                        último, corrieron a la finca del ingeniero para querellarse                        uno contra otro.</p>
<p class="texto">Entró delante Zichkov padre con un                        garrote en la mano. En el patio se detuvo tímidamente                        y se quitó la gorra. En aquel momento el ingeniero                        y su familia tomaban el te en la terraza.</p>
<p class="texto">-¿Qué se te ofrece? -le gritó                        el ingeniero.</p>
<p class="texto">-¡Excelencia! ¡Noble señor!                        -clamó Zichkov, echándose a llorar-. ¡Apiádese                        de un pobre viejo!&#8230;</p>
<p class="texto">Mi hijo es un bruto; no puedo ya sufrirle&#8230;                        Me ha arruinado, y ahora me pega&#8230;</p>
<p class="texto">En esto entró en el jardín                        Zichkov hijo, destocado y, como su padre, con un garrote                        en la mano. Se detuvo y dirigió una mirada estúpida,                        de beodo, a la terraza.</p>
<p class="texto">-No tengo que ver con vuestras riñas                        -dijo el ingeniero-. Id a ver al juez o al jefe del distrito.</p>
<p class="texto">-¡Ya he estado en todas partes! -contestó                        el viejo sollozando-. Ni siquiera me escuchan. ¿Qué                        recurso me queda?&#8230; ¡Mi propio hijo puede pegarme&#8230;                        y matarme si quiere! Matar a su padre&#8230; ¡A su propio                        padre!</p>
<p class="texto">Levantó el garrote y le asestó                        a su hijo un palo en la cabeza. El otro descargó                        sobre el cráneo calvo del viejo un garrotazo tal                        que por poco sí se lo abre. Zichkov padre ni siquiera                        se tambaleó. Su garrote volvió a levantarse                        y a contundir la testa filial.</p>
<p class="texto">Durante un rato, uno frente a otro, apeleáronse                        la cabeza metódicamente. Diríase que la contienda                        era un juego en que cada uno guardaba su turno.</p>
<p class="texto">Desde el otro lado de la verja contemplaban                        la escena otros habitantes de la aldea: hombres, mujeres,                        niños. Contemplábanla como un espectáculo                        al que estuviesen habituados desde hacía tiempo.                        Habían venido a saludar al ingeniero con motivo de                        la fiesta; pero al ver a los Ziclikov pegarse no se atrevieron                        a entrar.</p>
<p class="texto">A la mañana siguiente, Elena Ivanovna                        se fue con los niños a Moscú.</p>
<p class="texto">Se corrió la voz de que el ingeniero                        vendía «Quinta Nueva».</p>
<p class="texto">Todo el mundo se ha acostumbrado al puente,                        y les es ya difícil a los aldeanos imaginarse sin                        puente el río en aquel sitio.</p>
<p class="texto">Su construcción terminó hace                        tiempo. Se oye con gran frecuencia el ruido sordo del tren                        que por él pasa.</p>
<p class="texto">«Quinta Nueva» fue puesta en                        venta y la compró un alto empleado público,                        que la visita con su familia los días de fiesta,                        toma te en la terraza y regresa a la ciudad. El indicado                        personaje les impone a los campesinos un gran respeto, hasta                        por su manera prócer de hablar y de toser, y cuando                        le saludan quitándose la gorra ni siquiera se digna                        contestar al saludo.</p>
<p class="texto">En la aldea ha envejecido todo el mundo.                        Kozov se murió. En casa de Rodion ha aumentado el                        número de niños; Volodka tiene ahora una larga                        barba roja. La familia sigue muy pobre.</p>
<p class="texto">A principios de la primavera, los campesinos                        suelen tener trabajo en la estación del ferrocarril,                        donde sierran y cepillan madera. Terminada la faena vuelven                        a sus casas, tardo el paso, en la faz la luz del Sol poniente.                        En las frondas de junto al río cantan los ruiseñores.                        Al pasar por delante de «Quinta Nueva» los campesinos                        miran prolongadamente a la casa, toda en silencio y como                        muerta, sobre cuyos tejados vuelan, doradas por el Sol,                        las palomas.</p>
<p class="texto">Rodion, las Zichkov, padre e hijo, Volodka                        y los demás recuerdan los caballos blancos del ingeniero,                        los cohetes, los farolillos de colores de la barca, los                        ponneys; y piensan en Elena Ivanovna, bella, elegante, que                        iba con frecuencia a la aldea y les hablaba con tanto cariño.                        Nada de aquello existe ya: todo se ha evaporado como un                        sueño o un cuento de hadas.</p>
<p class="texto">Siguen caminando, unos juntos a otros, cansados,                        ensimismados, taciturnos.</p>
<p class="texto">Los aldeanos -piensan- son, al fin y al                        cabo, gente buena, temerosa de Dios; Elena Ivanovna era                        bonísima, muy cariñosa, inspiraba afecto y                        confianza, y, sin embargo&#8230; Sin embargo, no pudieron ponerse                        de acuerdo y se separaron como enemigos. ¿Por qué?                        ¿Porque todas aquellas mezquinas naderías                        -la intrusión de unos caballos en un prado, el hurto                        de unas guarniciones&#8230;- lo echaron todo a perder? ¿Y                        por qué la gente de la aldea vive bien avenida con                        el nuevo propietario, que ni siquiera contesta a su saludo?</p>
<p class="texto">No saben qué contestar a estas preguntas.</p>
<p class="texto">Sólo Volodka murmura algo.</p>
<p class="texto">-¿Qué dices? -le pregunta                        Rodion.</p>
<p class="texto">-Digo que maldita la falta que nos hacía                        el puente -contesta con hosca aspereza-, y que podíamos                        seguir sin él.</p>
<p class="texto">Ningún campesino le responde. Continúan                        andando en silencio, encorvados, cabizbajos.</p>
<p class="texto">
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