por: SoLCiTo*
La duración se extiende en cotidianeidades
Todo gira en círculos concéntricos
aquí, lo conocido
allá …
el temor de la vacilación.
Por: SoLCiTo*
El espacio entre él y la pared era prolífico en ilusiones. Siempre se las ingeniaba para elaborar artilugios con la mente y traerla al presente cada vez que la deseaba. Era un movimiento telepático simple, nada que no se pudiera lograr con un poco de concentración.
Siempre se buscaban ahí, en el espacio entre la pieza y el baño, en aquel rincón cálido y mullido sobre el silloncito de pana morada.
Su pensamiento se encaramaba a ese silloncito como un pibe a un tobogán, de allí surgían experiencias excitantes y momentos de intimidad que pocos lugares de la casa solían ofrecer.
Él anotaba los encuentros en su diario con tantos detalles que cuando sus ojos rozaban las palabras, era como si ingresaran al pasado… volvían los mismo estremecimientos, los mismos calores. “¡Qué tipo raro este!” Pensó de sí mismo en un desdoblamiento inexplicable y frecuente.
Sus recuerdos se remontaban prácticamente a una década. Tantas veces se había quedado en vela observándola, contemplando al trasluz cómo se llenaban de aire sus pulmones, tratando de dilucidar porqué su aliento sabía a rosas y menta cada vez que la besaba, sin importar la hora o el lugar.
Y allí estaba ella, en el rincón, con esa sonrisa suave que lo acariciaba de lejos. Él corrió como un loco, la abrazó en un arrebato y le murmuró al oído lo mucho que la necesitaba. Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró. “Te amo Celina” le dijo, pero ella no respondió. Se besaron sin tregua y sin descanso se amaron.



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