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	<title>Maneras de Bien Soñar &#187; práctica</title>
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	<description>Revista digital de literatura y cultura de la palabra</description>
	<lastBuildDate>Fri, 28 Jan 2011 19:24:29 +0000</lastBuildDate>
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		<title>Cuento: El Romance</title>
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		<pubDate>Mon, 28 Apr 2008 13:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[práctica]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[solcito]]></category>

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		<description><![CDATA[Ahí estaba, pendiendo de un hilo, con un broche que asfixiaba sus ansias de volar. Había vivido toda su vida encerrada, sin más compañía que su propio chisporroteo involuntario.

Un día consiguió experimentar la libertad, y respirar el aire de afuera. Pero el placer duró un instante, vino don Juan de los Palotes a estrujarla, desarmarla y observarla de forma descarada. Sin su consentimiento tuvo que soportar vejaciones, enredada en el cuarto con otros que la manoseaban con alevosía, ahogada, mareada… allí sólo se respiraba una humedad insostenible, hedor de polvos y otros menesteres.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="texto" style="text-align: right;"><strong>Por: SoLCiTo*</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/romance1.jpg"></a><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/romance2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-100" style="border: 1px solid black;" title="romance" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/romance2.jpg" alt="" width="640" height="243" /></a></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Ahí estaba, pendiendo de un hilo, con un broche que asfixiaba sus ansias de volar. Había vivido toda su vida encerrada, sin más compañía que su propio chisporroteo involuntario.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Un día consiguió experimentar la libertad, y respirar el aire de afuera. Pero el placer duró un instante, vino don Juan de los Palotes a estrujarla, desarmarla y observarla de forma descarada. Sin su consentimiento tuvo que soportar vejaciones, enredada en el cuarto con otros que la manoseaban con alevosía, ahogada, mareada… allí sólo se respiraba una humedad insostenible, hedor de polvos y otros menesteres.<span id="more-57"></span></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Todo concluyó en en un rapto de seudo liberación, la humedad solamente quedó en su cuerpo, y la habitación desapareció. En un segundo se encontró atada, en compañía de otros como ella que ansiaban ser liberados por alguna fuerza superior.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Sólo el viento la acariciaba y le murmuraba secretos de países lejanos, tratando de consolar la lágrima que se desprendía de su cuerpo en tiempos irregulares.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Él quería liberarla de aquella prisión obligada. Su blancura opacaba al resto y él la creyó pura. Pretendía evitarle un sufrimiento mayor, por eso, en un juego de fuerza y estrategia, distrajo al broche que apretaba su cabeza y la dejó caer.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Ella era libre, con esa libertad que sólo comprenden los que han sido esclavos. Sonreía mientras caía, algo dentro suyo le hacía confiar ciegamente en él.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La tomó, entre sus brazos de oxígeno y dióxido de carbono, y anheló llevarla a recorrer aquellos lugares de los que tanto le había hablado.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La media volvió a sonreír, con esa blancura que sólo los puros pueden comprender  y experimentó la libertad del viento como si fuera la suya propia.</p>
<p class="texto" style="text-align: right;">[Conocer acerca de la teoría: <a href="http://revistamaneras.com.ar/2008/04/el-cuento-partes-narrador-tiempo-narrativo/" target="_blank">cuento</a>]</p>
<p class="texto" style="text-align: right;">* es el seudónimo de Cintia Vanesa Días</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">
]]></content:encoded>
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		<title>Negro in Blue</title>
		<link>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/negro-in-blue/</link>
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		<pubDate>Mon, 14 Apr 2008 15:48:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[práctica]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[solcito]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://maneras.turemanso.com.ar/2008/04/14/negro-in-blue/</guid>
		<description><![CDATA[Por: SoLCiTo Se recostó como pudo sobre la hierba húmeda, tratando de olvidar lo que había ocurrido. La noche le hubiera parecido mágica en otra ocasión, pero ahora sólo deseaba que concluyera. Miró de reojo, el auto seguía allí como testigo silencioso de su estupidez. Había huido como de costumbre, pero esta vez se sentía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="texto" style="text-align: right;"><strong>Por: SoLCiTo</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/negro.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-133" style="border: 1px solid black;" title="negro in blue, un cuento de suspenso" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/negro.jpg" alt="" width="800" height="301" /></a></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Se recostó como pudo sobre la hierba húmeda,                        tratando de olvidar lo que había ocurrido. La noche                        le hubiera parecido mágica en otra ocasión,                        pero ahora sólo deseaba que concluyera.<br />
Miró de reojo, el auto seguía allí                        como testigo silencioso de su estupidez. Había huido                        como de costumbre, pero esta vez se sentía perturbado.                        Quizás ya es tiempo de enfrentar la realidad, suspiró.<br />
La mirada triste lo intimidaba ahora, y le hizo recordar                        lo que pretendía negar con todas sus fuerzas.<br />
La noche anterior presentía que el alejamiento se                        había hecho crónico; nada le señalaba                        que al día siguiente el oráculo confirmaría                        su sabiduría.</p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><span class="titulo">***</span></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La había conocido hacía cuatro                        años, en un boliche de mala muerte. Aquel día                        los dos habían decidido olvidar y olvidarse en la                        bebida. Ella era una neófita en cuestión de                        tragos, él todo un entendido. Sin embargo la distancia                        mermó al instante que comenzaron a intercambiar suspiros                        y miradas soslayadas.<br />
Era alta, su figura de lánguida tristeza evocaba                        a las heroínas de las novelas de Jane Austin. Cuando                        hablaba, sus ojos se proyectaban sobre él como un                        cinematógrafo. Su acento provinciano, sus silencios                        dolorosos y su mueca melancólica lo enloquecían                        de sobremanera.<br />
Esa primera noche fue un simulacro de eternidad, el signo                        claro de la adyacencia de un espacio sin tiempo, y de una                        dicha sin parangón. Los sorprendió la madrugada                        en plena comunión de <span id="more-48"></span>almas. Aconteció aquel                        día el reencuentro kármico que trabó                        un lazo inquebrantable de hambre del otro, un pacto secreto                        de urgencia espontánea.<br />
Hubo temporadas de silencio mutuo, pero el reencuentro se                        transfiguraba en fiesta; y cada distanciamiento traía                        consigo el nacimiento de una etapa nueva. Profesaban una                        ansiedad por el otro, juntos obtenían la felicidad                        que se les vedaba en forma individual.<br />
En uno de esos reencuentros ella, que descansaba sobre su                        pecho, se permitió una caricia y él, que no                        comprendía de dulzuras, dedujo que aquella era la                        señal buscada desde hacía tiempo. En la confusión,                        el destino tejió su trama de complicaciones, y lo                        que había sido sortilegio se tornó terrenal.<br />
Empezaron a frecuentarse casi con desesperación,                        hasta que concluyeron que lo que creían compartir,                        era insuficiente&#8230; no obstante, prefirieron dejarse caer                        en la pasión antes que escalar al pensamiento.<br />
Nada es para siempre, dice la sabiduría popular&#8230;                        al finalizar la primavera, él la dejó. Le                        dijo que era demasiada mujer para él y que no quería                        lastimarla. Se reconocía como un egoísta incurable                        y un perpetrador de maldades; muy distinto a lo que ella                        creía ver en él. Sus razones –obviamente-                        eran otras, pero prefirió tirarse a menos (siempre                        le había dado resultado en sus anteriores separaciones),                        “una mentira piadosa no hacía mal a nadie”,                        al contrario.<br />
Algo le decía que, en el fondo, ella no había                        comprendido nada en lo absoluto, pero prefirió dejar                        las cosas así y esperar que el tiempo curara las                        heridas.<br />
Si en aquel momento alguien le hubiera pedido una dosis                        de sinceridad, él no hubiera sabido contestar. ¿La                        dejó porque se había aburrido? ¿Cansado?                        ¿Asustado? Aun hoy, si se detiene a pensarlo, le                        es imposible definir el sentimiento que lo llevó                        a tomar aquella decisión.<br />
Hay sucesos que determinan el rumbo de nuestra existencia,                        éste fue -sin dudas- uno de ellos. La dejó,                        sin intuir lo que sucedería después.</p>
<p class="titulo" style="text-align: justify;">***</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Tras varias relaciones miserables, comenzó                        a pensar en ella. A veces la recordaba como algo dulce,                        a veces como algo tormentoso&#8230; pero nunca se permitió                        conjeturar qué hubiera pasado de continuar juntos.                        Las remembranzas eran como fragmentos de tiempo cristalizado,                        instantáneas que la mente se emperraba en mostrarle                        mientras manejaba o hacía la cola para retirar plata                        del cajero.<br />
Y así pasaron dos años.<br />
Una mañana despertó y necesitó verla.                        No por pasión o nostalgia, sino por simple curiosidad.                        La imaginaba pálida, desolada, y de mirada abatida.                        Se figuró que finalmente conocía el origen                        de aquellos ojos tristes. Súbitamente recordó                        una conversación que le intrigó en su momento,                        y siguió intrigándole luego: No es tristeza                        de un pasado –le habría dicho- sino de un futuro.                        La frase se multiplicó en su cabeza, con la rapidez                        de un rayo&#8230; y creyó verse fulminado por una certeza:                        él era el motivo de aquella tristeza del futuro;                        Él cumplió la profecía en el momento                        en que decidió retirarse.<br />
Repentinamente se le antojó que él pudiera                        –así mismo- desarmar el destino y devolverle                        la alegría a los ojos que nunca la tuvieron.<br />
Estuvo toda la mañana soñando con el encuentro                        y la redención, hasta que ya pasado el mediodía                        se dispuso a llamarla.<br />
La conversación le había parecido un tanto                        seca, pero no le extrañó, después de                        tanto tiempo era de esperar. Las horas siguieron torturándolo                        hasta que las diez menos dieciocho le devolvieron la sonrisa&#8230;                        era lógico, acababa de darse cuenta que había                        conseguido lo que quería. Diez minutos después                        descendía del auto luego de ponerse un poco del perfume                        que llevaba en la guantera.<br />
Respiró profundo y avanzó. Los ocho minutos                        que transcurrieron entre que tocó el timbre y la                        vio aparecer por la puerta, fueron una infinitud que se                        contrajo cuando él comprobó que estaba más                        flaca y más triste&#8230; casi como la había imaginado                        (como había necesitado verla).<br />
Una mezcla de culpa y satisfacción se enredaba por                        su rostro, ella lo besó en la mejilla y subió                        al auto sin más.<br />
Dieron un paseo por los lugares que solían frecuentar,                        en una especie de excursión por el pasado. Rieron                        de las viejas ocurrencias, disfrutaron los recuerdos a la                        hora de la cena; y así pasaron&#8230; una.<br />
Dos.<br />
Tres.<br />
Cuatro.<br />
Cinco horas de charla ininterrumpida y superficial tras                        lo cual decidieron volver al auto.<br />
La disociación parecía definitiva.<br />
Aquella mujer, que otrora se abandonaba gustosa a sus desvaríos,                        evadía –ahora- sistemáticamente toda                        insinuación, todo roce estudiado. Creyó haberla                        perdido para siempre y eso le fastidiaba a más no                        poder. Lo que empezó como un juego, se convirtió                        en una obsesión: él quería que ella                        volviera a amarlo. Lo que no tenía claro era el porqué.                        ¿En el fondo nunca la había olvidado, o era                        puro amor propio? A esa altura, ya no importaba.<br />
Con ingenuidad creyó que en el auto ella se entregaría,                        como en las épocas cuando la confusión era                        su aliada. Pero al tiempo cayó en la cuenta que no                        podía apurar una situación que ella claramente                        soslayaba.<br />
Ágilmente elaboró una estrategia: puso de                        pretexto su contractura cervical (un recurso que le había                        dado muchas satisfacciones en el pasado) y en una fracción                        de segundo sintió sus dedos finos deslizándose                        por su cuello, con una maestría que sólo ella                        conocía. Aquellos segundos creyó tocar el                        cielo, creyó haber recuperado su paraíso perdido&#8230;                        pero el encantamiento se dispersó cuando pudo discernir                        entre su deseo y la realidad.<br />
Ella ya no le pertenecía. Sus dedos realizaban un                        trabajo mecánico, mientras su espíritu se                        encontraba a kilómetros de allí.<br />
Con todo, no se dio por vencido -la resignación nunca                        fue su fuerte- y trató de escalar el árido                        peñasco de la sinceridad. Sinceridad, que en realidad,                        era bastante calculada y que a ella parecía no conmoverla                        en lo absoluto.<br />
Desesperado apeló a la escucha, y fue entonces cuando                        cometió la estupidez de escudriñar en la lejanía                        triste y molesta de su ex amante y compañera.<br />
Había encontrado la llave, pero ¿quería                        él abrir esa puerta? Fue como si ella volviera instantáneamente                        a su cuerpo. Fue en aquel momento cuando ella le espetó                        con palabras despojadas todo lo que él le había                        hecho sentir en las épocas en que estuvieron juntos.<br />
Inicialmente, él se evadió imaginando que                        aquello era simple despecho&#8230; pero pronto no pudo soportar                        más: las palabras le pegaban como un martillo neumático.<br />
Quiso callarla.<br />
Le habló con dulzura, minimizando las referencias                        extemporáneas. Pero eso, lejos de serenarla, la enloqueció.                        Intentó entonces besarla, silenciarla con la caricia                        húmeda de sus labios, pero ella lo rechazó.<br />
Enfurecido, la tomó con fuerzas por la cintura y                        le tapó la boca. No quería escucharla&#8230; no                        quería oír aquel festín de sentimientos                        desgarrados, aquel muestrario de bajezas propias.<br />
La enmudeció porque al escucharla algo dentro de                        él se rompía para siempre.<br />
Amordazándola se amordazaba a sí mismo.<br />
Eso necesitaba… callarla.<br />
Silenciarla.<br />
Desfigurarla.<br />
De pronto sintió que ella ya no intentaba gritar.<br />
El forcejeo devino en quietud.<br />
Su cabeza dejó de latir y aflojó entonces                        la mano. Con horror comprobó lo irreversible de la                        situación, la herida sangraba a borbotones.<br />
Se alejó del auto aturdido y se echó a la                        hierba húmeda. Sentía que aquellos ojos tristes                        habían encontrado su causa, y que él estaba                        –indudablemente- ligado a ella. Pretendió escapar                        rumiando en el pasado, pero el presente lo abofeteó                        con crueldad.<br />
Estaba muerto.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">
<p class="texto" style="text-align: right;">* es el seudónimo de Cintia Vanesa Días</p>
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