Por: SoLCiTo*

Ahí estaba, pendiendo de un hilo, con un broche que asfixiaba sus ansias de volar. Había vivido toda su vida encerrada, sin más compañía que su propio chisporroteo involuntario.

Un día consiguió experimentar la libertad, y respirar el aire de afuera. Pero el placer duró un instante, vino don Juan de los Palotes a estrujarla, desarmarla y observarla de forma descarada. Sin su consentimiento tuvo que soportar vejaciones, enredada en el cuarto con otros que la manoseaban con alevosía, ahogada, mareada… allí sólo se respiraba una humedad insostenible, hedor de polvos y otros menesteres. Read More

Por: SoLCiTo

Se recostó como pudo sobre la hierba húmeda, tratando de olvidar lo que había ocurrido. La noche le hubiera parecido mágica en otra ocasión, pero ahora sólo deseaba que concluyera.
Miró de reojo, el auto seguía allí como testigo silencioso de su estupidez. Había huido como de costumbre, pero esta vez se sentía perturbado. Quizás ya es tiempo de enfrentar la realidad, suspiró.
La mirada triste lo intimidaba ahora, y le hizo recordar lo que pretendía negar con todas sus fuerzas.
La noche anterior presentía que el alejamiento se había hecho crónico; nada le señalaba que al día siguiente el oráculo confirmaría su sabiduría.

***

La había conocido hacía cuatro años, en un boliche de mala muerte. Aquel día los dos habían decidido olvidar y olvidarse en la bebida. Ella era una neófita en cuestión de tragos, él todo un entendido. Sin embargo la distancia mermó al instante que comenzaron a intercambiar suspiros y miradas soslayadas.
Era alta, su figura de lánguida tristeza evocaba a las heroínas de las novelas de Jane Austin. Cuando hablaba, sus ojos se proyectaban sobre él como un cinematógrafo. Su acento provinciano, sus silencios dolorosos y su mueca melancólica lo enloquecían de sobremanera.
Esa primera noche fue un simulacro de eternidad, el signo claro de la adyacencia de un espacio sin tiempo, y de una dicha sin parangón. Los sorprendió la madrugada en plena comunión de Read More