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	<title>Maneras de Bien Soñar &#187; cuento</title>
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	<description>Revista digital de literatura y cultura de la palabra</description>
	<lastBuildDate>Fri, 28 Jan 2011 19:24:29 +0000</lastBuildDate>
	<language>en</language>
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		<title>Estructura del cuento</title>
		<link>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/el-cuento-partes-narrador-tiempo-narrativo/</link>
		<comments>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/el-cuento-partes-narrador-tiempo-narrativo/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 28 Apr 2008 15:56:35 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Teoría y práctica]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[literario]]></category>
		<category><![CDATA[teoría]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://maneras.turemanso.com.ar/2008/04/28/el-cuento/</guid>
		<description><![CDATA[Es un relato en prosa de hechos ficticios. Consta de tres momentos perfectamente diferenciados.

    * Un estado inicial de equilibrio
    * Intervención de una fuerza con la aparición de un conflicto que da lugar a una serie de episodios.
    * Se cierra con la resolución de ese conflicto que permite –en estado final- la recuperación del equilibrio perdido.
]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: center;"><img class="aligncenter" style="border: 0pt none; margin-top: 8px; margin-bottom: 8px;" src="http://www.delacalle.net/cristina/webquest/imagenes/Cuento2.gif" alt="" width="218" height="175" /></p>
<p style="text-align: justify;">“Es un relato en prosa de hechos ficticios. Consta                        de tres momentos perfectamente diferenciados.</p>
<ul style="text-align: justify;">
<li>Un estado inicial de equilibrio</li>
<li> Intervención de una fuerza con la aparición                          de un conflicto que da lugar a una serie de episodios.</li>
<li>Se cierra con la resolución de ese conflicto que                          permite –en estado final- la recuperación del                          equilibrio perdido.<span id="more-58"></span></li>
</ul>
<p style="text-align: justify;">Todo cuento tiene acciones centrales y elementos de relleno                        (o secundarios) cuya función es mantener el suspenso<br />
<strong>* El tema temporal: </strong>el autor puede mantener la línea                        temporal o puede realizar una ruptura del tiempo en la presentación                        de los hechos (saltos hacia el pasado; avances hacia el                        futuro)<br />
<strong>* El tema del narrador:</strong> el narrador es una figura creada                        por el autor para representar los hechos que constituyen                        el relato, esta voz puede ser la de un personaje o la de                        un testigo (cuenta los hechos en primera persona). Puede                        ser la voz de una tercera persona que no interviene en los                        hechos. El tipo de narrador que puede saber todos, desde                        las acciones hasta los pensamientos de la totalidad de los                        personajes se denomina “narrador omnisciente”.</p>
<p style="text-align: center;"><strong>Veamos la práctica: </strong><a href="http://revistamaneras.com.ar/2008/04/28/el-romance/" target="_blank"><strong>&#8220;El Romance&#8221;</strong><br />
</a></p>
<p style="text-align: right;">[Extracto del libro “La                          escuela y los textos” de Ana María Kaufman                          y María Elena Rodríguez. 1993]</p>
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>Cuento: El Romance</title>
		<link>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/el-romance/</link>
		<comments>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/el-romance/#comments</comments>
		<pubDate>Mon, 28 Apr 2008 13:00:22 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[práctica]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[solcito]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://maneras.turemanso.com.ar/2008/04/28/el-romance/</guid>
		<description><![CDATA[Ahí estaba, pendiendo de un hilo, con un broche que asfixiaba sus ansias de volar. Había vivido toda su vida encerrada, sin más compañía que su propio chisporroteo involuntario.

Un día consiguió experimentar la libertad, y respirar el aire de afuera. Pero el placer duró un instante, vino don Juan de los Palotes a estrujarla, desarmarla y observarla de forma descarada. Sin su consentimiento tuvo que soportar vejaciones, enredada en el cuarto con otros que la manoseaban con alevosía, ahogada, mareada… allí sólo se respiraba una humedad insostenible, hedor de polvos y otros menesteres.]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="texto" style="text-align: right;"><strong>Por: SoLCiTo*</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/romance1.jpg"></a><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/romance2.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-100" style="border: 1px solid black;" title="romance" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/romance2.jpg" alt="" width="640" height="243" /></a></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Ahí estaba, pendiendo de un hilo, con un broche que asfixiaba sus ansias de volar. Había vivido toda su vida encerrada, sin más compañía que su propio chisporroteo involuntario.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Un día consiguió experimentar la libertad, y respirar el aire de afuera. Pero el placer duró un instante, vino don Juan de los Palotes a estrujarla, desarmarla y observarla de forma descarada. Sin su consentimiento tuvo que soportar vejaciones, enredada en el cuarto con otros que la manoseaban con alevosía, ahogada, mareada… allí sólo se respiraba una humedad insostenible, hedor de polvos y otros menesteres.<span id="more-57"></span></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Todo concluyó en en un rapto de seudo liberación, la humedad solamente quedó en su cuerpo, y la habitación desapareció. En un segundo se encontró atada, en compañía de otros como ella que ansiaban ser liberados por alguna fuerza superior.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Sólo el viento la acariciaba y le murmuraba secretos de países lejanos, tratando de consolar la lágrima que se desprendía de su cuerpo en tiempos irregulares.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Él quería liberarla de aquella prisión obligada. Su blancura opacaba al resto y él la creyó pura. Pretendía evitarle un sufrimiento mayor, por eso, en un juego de fuerza y estrategia, distrajo al broche que apretaba su cabeza y la dejó caer.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Ella era libre, con esa libertad que sólo comprenden los que han sido esclavos. Sonreía mientras caía, algo dentro suyo le hacía confiar ciegamente en él.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La tomó, entre sus brazos de oxígeno y dióxido de carbono, y anheló llevarla a recorrer aquellos lugares de los que tanto le había hablado.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La media volvió a sonreír, con esa blancura que sólo los puros pueden comprender  y experimentó la libertad del viento como si fuera la suya propia.</p>
<p class="texto" style="text-align: right;">[Conocer acerca de la teoría: <a href="http://revistamaneras.com.ar/2008/04/el-cuento-partes-narrador-tiempo-narrativo/" target="_blank">cuento</a>]</p>
<p class="texto" style="text-align: right;">* es el seudónimo de Cintia Vanesa Días</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">
]]></content:encoded>
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		</item>
		<item>
		<title>En el campo</title>
		<link>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/en-el-campo-cuento-chejov/</link>
		<comments>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/en-el-campo-cuento-chejov/#comments</comments>
		<pubDate>Tue, 22 Apr 2008 14:37:43 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[Antón Chéjov]]></category>
		<category><![CDATA[campo]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[viajes]]></category>

		<guid isPermaLink="false">http://maneras.turemanso.com.ar/2008/04/22/en-el-campo/</guid>
		<description><![CDATA[Por: Antón Chéjov A tres kilómetros de la aldea de Obruchanovo se construía un puente sobre el río. Desde la aldea, situada en lo más eminente de la ribera alta, divisábanse las obras. En los días de invierno, el aspecto del fino armazón metálico del puente y del andamiaje, albos de nieve, era casi fantástico. [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><strong>Por: Antón Chéjov</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/campo.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-108" style="border: 1px solid black;" title="En el campo, un cuento de Anton Chéjov" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/campo.jpg" alt="" width="640" height="270" /></a></p>
<p style="text-align: center;">
<p class="texto">A tres kilómetros de la aldea de                        Obruchanovo se construía un puente sobre el río.</p>
<p class="texto">Desde la aldea, situada en lo más                        eminente de la ribera alta, divisábanse las obras.                        En los días de invierno, el aspecto del fino armazón                        metálico del puente y del andamiaje, albos de nieve,                        era casi fantástico.</p>
<p class="texto">A veces, pasaba a través de la aldea,                        en un cochecillo, el ingeniero Kucherov, encargado de la                        construcción del puente. Era un hombre fuerte, ancho                        de hombros, con una gran barba, y tocado con una gorra,                        como un simple obrero.</p>
<p class="texto">De cuando en cuando aparecían en                        Obruchanovo algunos descamisados que trabajaban a las órdenes                        del ingeniero. Mendigaban, hacían rabiar a las mujeres                        y a veces robaban.</p>
<p class="texto">Pero, en general, los días se deslizaban                        en la aldea apacibles, tranquilos, y la construcción                        del puente no turbaba en lo más mínimo la                        vida de los aldeanos. Por la noche encendíanse hogueras                        alrededor del puente, y llegaban, en alas del viento, a                        Obruchanovo las canciones de los obreros. En los días                        de calma se oía, apagado por la distancia, el ruido                        de los trabajos.</p>
<p class="texto">Un día, el ingeniero Kucherov recibió                        la visita de su mujer.</p>
<p class="texto"><span id="more-55"></span>Le encantaron las orillas del río                        y el bello panorama de la llanura verde salpicada de aldeas,                        de iglesias, de rebaños, y le suplicó a su                        marido que comprase allí un trocito de tierra para                        edificar una casa de campo. El ingeniero consintió.                        Compró veinte hectáreas de terreno y empezó                        a edificar la casa. No tardó en alzarse, en la misma                        costa fluvial en que se asentaba la aldea, y en un paraje                        hasta entonces sólo frecuentado por las vacas, un                        hermoso edificio de dos pisos, con una terraza, balcones                        y una torre que coronaba un mástil metálico,                        al que se prendía los domingos una bandera.</p>
<p class="texto">La construcción estuvo pronto terminada:                        no duró más de tres meses. En el invierno                        se plantaron árboles en torno de la casa. Cuando                        llegó la primavera, todo verdeaba alrededor de la                        nueva finca. Partían en todas direcciones hermosas                        alamedas; el jardinero y dos jornaleros trabajaban en el                        jardín; una fontana sonaba melodiosa. Y una bola                        de cristal verde, colocada ante la puerta, brillaba bajo                        el Sol, de tal modo, que obligaba a cerrar los ojos.</p>
<p class="texto">Se bautizó la finca con el nombre                        de «Quinta Nueva».</p>
<p class="texto">Una mañana, a fines de mayo, llevaron                        a casa de Rodion Petrov, el herrador de la aldea, dos caballos                        de «Quinta Nueva» para que les cambiasen las                        herraduras. Los caballos eran blancos como la nieve, esbeltos,                        bien cuidados, y se parecían el uno al otro de un                        modo asombroso.</p>
<p class="texto">-¡Verdaderos cisnes! -dijo Rodion                        admirándolos.</p>
<p class="texto">Su mujer, Estefanía, sus hijos y                        sus nietos salieron también para admirar a los caballos,                        en torno de los cuales se fue aglomerando la gente. Acudieron                        los Zichkov, padre e hijo, ambos imberbes, mofletudos y                        destocados.</p>
<p class="texto">Acudió también Kozov, un viejo                        enjuto y alto, de luenga y estrecha barba, apoyado en un                        bastón. Guiñaba sin cesar los ojos astutos                        y se sonreía irónicamente, como si supiera                        muchas cosas que ignorase el resto de los hombres.</p>
<p class="texto">-Son blancos -dijo-; sí, son blancos;                        pero para el trabajo no valen gran cosa. Si yo mantuviese                        a mis caballos con avena, como mantienen a éstos,                        se pondrían no menos hermosos. Yo quisiera ver a                        estos cisnes arrastrando un arado y recibiendo algunos latigazos.</p>
<p class="texto">El cochero del ingeniero le dirigió                        a Kozov una mirada de desprecio; pero no dijo nada.</p>
<p class="texto">Mientras se encendía la fragua, el                        cochero les dio algunas noticias a los campesinos sobre                        la vida de sus amos. Fumando pitillo tras pitillo les contó                        que sus amos eran muy ricos; que la señora, Elena                        Ivanovna, antes de casarse, era institutriz en Moscú;                        que tenía muy buen corazón y gozaba socorriendo                        a los pobres. En la nueva finca, según decía                        el cochero, no se labraría ni se sembraría:                        se respiraría el aire del campo y nada más.</p>
<p class="texto">Cuando terminó y se encaminó                        con los caballos a «Quinta Nueva», siguióle                        una turba de chiquillos y perros. Los perros le ladraban                        furiosamente.</p>
<p class="texto">Kozov, mirándole alejarse, guiñaba                        los ojos con malicia.</p>
<p class="texto">-Vaya unas señores! -dijo con ironía                        malévola-. Han construido una casa, han comprado                        caballos; pero parece que no tienen que comer&#8230;</p>
<p class="texto">Había sentido desde el primer momento                        un odio feroz contra «Quinta Nueva». Era un                        hombre solitario, viudo. Llevaba una vida aburridísima.                        Una enfermedad le impedía trabajar. Su hijo, dependiente                        de una confitería de Jarkov, le enviaba dinero para                        vivir; el viejo no hacía nada; vagaba días                        enteros por la orilla del río o a través de                        la aldea, y les daba conversación a los campesinos                        que estaban trabajando. Cuando veía a uno pescando                        solía decir que con aquel tiempo no había                        pesca posible; si el tiempo era seco, aseguraba que no llovería                        en todo el verano; si llovía, afirmaba que las lluvias                        durarían mucho y que la humedad pudriría el                        trigo. Todos sus pronósticos eran pesimistas. Y los                        hacía guiñando los ojos de un modo maligno,                        como si supiera algo que ignorase el resto de los hombres.</p>
<p class="texto">En «Quinta Nueva» algunas noches                        había fuegos artificiales. Los propietarios acostumbraban                        a pasearse por el río en una barca iluminada con                        farolillos de colores.</p>
<p class="texto">Una mañana, Elena Ivanovna, la mujer                        del ingeniero, visitó la aldea con su niña.                        Llegaron en un coche de ruedas amarillas arrastrado por                        dos ponney. Llevaban sombreros de paja, de anchas alas,                        sujetos con cintas.</p>
<p class="texto">Los campesinos estaban ocupados en transportar                        estiércol al campo. El herrador Rodion, alto, enjuto,                        destocado, descalzo, con un bieldo al hombro, de pie ante                        su carro, rebosante de estiércol, miraba, boquiabierto,                        los bien cuidados caballitos. Se advertía que hasta                        entonces no había visto caballos semejantes.</p>
<p class="texto">-¡La señora! ¡La señora!                        -se oía murmurar.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna miraba las casas como eligiendo                        una; por fin, se detuvo a la puerta de la que le parecía                        más pobre y a cuyas ventanas se asomaban numerosas                        cabezas de niño, morenas, rubias, rojas.</p>
<p class="texto">Era precisamente la casa de Rodion.</p>
<p class="texto">Su mujer, Estefanía, una vieja gorda,                        apareció al punto en el umbral, mal cubierta la cabeza                        con una pañoleta. Miraba con asombro el elegante                        coche, confusa, sonriéndose estúpidamente.</p>
<p class="texto">-¡Para tus hijos! -le dijo Elena Ivanovna,                        dándole tres rublos.</p>
<p class="texto">Estefanía, sorprendida, feliz, se                        echó a llorar y saludó con gran humildad,                        inclinándose casi hasta el suelo.</p>
<p class="texto">Rodion saludó también muy                        humilde, enseñando su cráneo calvo.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna, azorada por aquellas humillaciones,                        se apresuró a volver a casa.</p>
<p class="texto">Los Ziclikov, padre e hijo, sorprendieron                        en un prado de su pertenencia a tres caballos -uno de ellos                        ponney- y un novillo, todos propiedad del ingeniero. Ayudados                        por el rojo Volodka, hijo del herrador Rodion, llevaron                        las bestias a la aldea. Se llamó al alcalde, que,                        en compañía de los Zichkov, de Volodka y de                        algunos testigos, encaminóse al prado para proceder                        a una información sobre los daños causados                        en él por las bestias.</p>
<p class="texto">Kozov, que era de la partida, parecía                        muy contento.</p>
<p class="texto">-¡Muy bien! -decía, guiñando                        con malicia los ojos-. ¡Que paguen! ¡Se les                        obligará a pagar!</p>
<p class="texto">¡Gracias a Dios, hay tribunales! Habrá                        que llamar a la policía e instruir un proceso verbal.</p>
<p class="texto">-¡Naturalmente, un proceso verbal!                        -confirmó Volodka.</p>
<p class="texto">-¡Si creéis que voy a perdonarles,                        os lleváis chasco! -gritaba Zichkov hijo, con tal                        arrebato, que su imberbe faz se enrojecía-. ¡Ca!                        ¡No soy tan tonto! ¡Si se les deja, adiós                        prados! Afortunadamente aún somos amos de nuestros                        bienes, y también para los señores existen                        leyes&#8230;</p>
<p class="texto">-¡Sí, también para los                        señores existen leyes! -repitió Volodka.</p>
<p class="texto">-Hemos vivido hasta ahora sin puente -dijo                        con voz sombría Zichkov-, y podríamos pasarnos                        sin él. No lo hemos pedido. ¿Para qué                        demonios lo necesitamos? ¡Que se lo guarden!</p>
<p class="texto">-¡Hermanos cristianos, es preciso                        que nos paguen todos los perjuicios!</p>
<p class="texto">-¡Vaya! -apoyó, guiñando                        los ojos, Kozov-. ¡Ya verán! Hay que escarmentarlos.</p>
<p class="texto">Luego, volvieron todos a la aldea. Por el                        camino, Zichkov hijo se daba puñetazos en el pecho                        y gritaba; Volodka gritaba también, repitiendo sus                        palabras.</p>
<p class="texto">En la aldea se agolpó la gente alrededor                        de los caballos y el novillo, que parecía avergonzado                        y bajaba la cabeza; pero de pronto echó a correr                        soltando coces. Kozov, asustado, levantó su garrote,                        entre las risas de los campesinos.</p>
<p class="texto">Encerradas las bestias en una cuadra, la                        gente esperó.</p>
<p class="texto">Al obscurecer, el ingeniero le envió                        cinco rublos a Zichkov para resarcirle del daño causado                        en su propiedad. Los caballos y el novillo fueron devueltos,                        y tornaron a la finca cabizbajos, como sintiéndose                        culpables y temiendo un severo castigo.</p>
<p class="texto">Recibidos los cinco rublos, los Zichkov,                        padre e hijo, el alcalde y Volodka atravesaron en un bote                        el río y se dirigieron a la gran aldea de Kriakovo,                        donde había una taberna. Allí se juerguearon                        de lo lindo. Cantaron, gritaron, juraron. El que más                        gritaba era Zichkov hijo.</p>
<p class="texto">En Obruchanovo, sus familias no podían                        conciliar el sueño y estaban muy inquietas. Rodion                        daba vueltas en la cama y pensaba:</p>
<p class="texto">-Han hecho mal. El ingeniero se enfadará                        y querrá vengarse&#8230; Además, es injusto lo                        que han hecho con él&#8230; Ha estado muy mal.</p>
<p class="texto">Un día, cuando Rodion y otros campesinos                        volvían del bosque, se encontraron con el ingeniero.                        Llevaba una blusa roja y botas altas. Seguíale un                        perro de caza, con la purpúrea lengua fuera.</p>
<p class="texto">-¡Buenos días, amigos! -dijo.</p>
<p class="texto">Los campesinos se detuvieron y se quitaron                        la gorra.</p>
<p class="texto">-Hace tiempo que busco una ocasión                        de hablaros, amigos míos -continuó-. He aquí                        de lo que se trata: desde principios del verano, vuestro                        rebaño se pasea por mi bosque y por mi jardín.                        Se come la hierba, estropea los árboles. Los cerdos                        me han puesto hechos una lástima el prado y la huerta.                        Les he rogado muchas veces a los pastores que tuvieran cuidado,                        pero no han hecho caso y me han contestado muy mal. Constantemente                        vuestras vacas y vuestros cerdos me están perjudicando,                        y, sin embargo, no os reclamo nada; ni siquiera me quejo,                        mientras que vosotros me habéis hecho pagar cinco                        rublos porque mis bestias han pasado por vuestro prado.                        ¿Es eso justo? ¿Se portan así los buenos                        vecinos?</p>
<p class="texto">Hablaba con voz suave, sin cólera,                        esforzándose en convencerlos.</p>
<p class="texto">-No, las gentes honradas -prosiguió-                        no obran así. Hace una semana me robasteis del bosque                        dos encinas jóvenes. ¿Por qué me hacéis                        daño a cada paso? ¿Qué queja tenéis                        de mí? ¡Decídmelo, en nombre de Dios!                        Yo y mi mujer hacemos cuanto nos es dable por sostener con                        vosotros buenas relaciones, ayudamos a los campesinos en                        la medida de nuestras fuerzas. Mi mujer es muy buena y nunca                        le niega nada a nadie. No piensa sino en seros útil                        a vosotros y a vuestros hijos, y vosotros nos devolvéis                        mal por bien. ¡No, eso no es justo, amigos míos!                        ¡Consideradlo, os lo ruego! Nosotros os tratamos de                        un modo muy humano, y es preciso que vosotros nos paguéis                        en la misma moneda&#8230;</p>
<p class="texto">El ingeniero siguió su camino.</p>
<p class="texto">Los campesinos permanecieron algunos instantes                        parados. Luego se cubrieron y continuaron andando.</p>
<p class="texto">Rodion, que entendía lo que le decían,                        no como debía entenderse, sino a su manera, suspiró                        y dijo:</p>
<p class="texto">-Sí, habrá que pagar. ¿No                        habéis oído lo que ha dicho? «Es preciso                        que nos paguéis en la misma moneda.»</p>
<p class="texto">Cuando llegó a su casa, Rodion rezó                        su oración ante el icono, se quitó las botas                        y se sentó en el banco, junto a su mujer. Cuando                        estaban en casa siempre estaban así: sentado el uno                        junto al otro; por la calle iban también juntos;                        juntos comían, bebían, dormían, y cuanto                        más viejos iban siendo se querían más.                        En la casa el aire era pesado, caluroso, estaba todo muy                        cerrado, se veían por todas partes -en el suelo,                        en las ventanas, sobre la estufa- criaturas. A pesar de                        sus muchos años, Estefanía seguía pariendo,                        y ante tanto chiquillo no era fácil saber a ciencia                        cierta los que eran de Rodion y los que eran de su hijo                        Volodka, casado hacía tiempo.</p>
<p class="texto">La mujer de Volodka, Lukeria, joven, pero                        fea, con nariz de pájaro y ojos de buey, cocía                        pan; su marido estaba sentado en la estufa con las piernas                        colgando.</p>
<p class="texto">-Nos hemos topado en el camino -comenzó                        Rodion- al ingeniero con su perro&#8230;</p>
<p class="texto">Hizo una pausa y empezó a rascarse                        la cabeza y el seno. El relato suponía para él                        un no pequeño esfuerzo mental.</p>
<p class="texto">-Sí, con su perro&#8230; Pues bien: hay                        que pagar, lo ha dicho el señor ingeniero; hay que                        pagar en moneda&#8230; No hay más remedio&#8230; Debía                        hacerse una colecta, poniendo diez copecs cada vecino, y                        darle al ingeniero&#8230; Se queja de nosotros, y con razón&#8230;                        Le hacemos porquerías&#8230;</p>
<p class="texto">-Hasta ahora hemos vivido sin puente y podríamos                        seguir sin él -dijo Volodka con enojo-. No lo necesitamos&#8230;</p>
<p class="texto">-Es el Gobierno quien lo construye. Nuestra                        opinión&#8230;</p>
<p class="texto">-¡Al diablo el puente!</p>
<p class="texto">-Nadie te pregunta si lo quieres o no.</p>
<p class="texto">-¡Al diablo! -repitió, furioso,                        Volodka-. ¿Para qué servirá? Si tenemos                        que atravesar el río lo podemos hacer en barca&#8230;</p>
<p class="texto">Alguien llamó a la puerta con tanta                        violencia, que toda la casa pareció estremecerse.</p>
<p class="texto">-¿Está ahí Volodka?                        -se oyó gritar a Zichkov hijo-. Ven, Volodka&#8230; Te                        espero.</p>
<p class="texto">Volodka saltó de la estufa y se puso                        a buscar la gorra.</p>
<p class="texto">-¡Más vale que no salgas! -le                        dijo con timidez su padre-. ¡No vayas con esa gente!                        Tú no eres muy listo; eres como un niño, y                        no aprenderás nada bueno. ¡No salgas!</p>
<p class="texto">-¡Sí, no vayas con ellos! -suplicó                        a su vez Estefanía, a punto de llorar-. De fijo iréis                        a la taberna&#8230;</p>
<p class="texto">-¡A la taberna! -repitió Volodka,                        burlándose.</p>
<p class="texto">-¡Y vendrás otra vez como una                        cuba! -dijo Lukeria, mirándole airada-. ¡Sinvergüenza!&#8230;                        ¡Gandul! ¡Que el maldito vodka te queme las                        entrañas! ¡Satanás sin rabo!</p>
<p class="texto">-¡Cállate! le amenazó                        Volodka.</p>
<p class="texto">-Me han casado con este idiota, con este                        imbécil&#8230; ¡Me han perdido, pobre huérfana!                        -exclamó Lukeria, llorando y secándose las                        lágrimas con la mano, llena de harina-. ¡No                        te puedo ver, puerco!</p>
<p class="texto">Volodka le dio, al pasar, un puñetazo                        en las narices, y salió a la calle.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna y su hijita fueron a la aldea                        a pie. Un hermoso paseo para ellas.</p>
<p class="texto">Era domingo y casi todas las mujeres y las                        muchachas de la aldea estaban en la calle, ataviadas con                        trajes de calores chillones.</p>
<p class="texto">Rodion y su mujer, sentados el uno junto                        el otro, en un poyo, a la puerta de su casa, saludaron y                        sonrieron a Elena Ivanovna y a su niña como antiguos                        amigos. Más de una docena de niños las miraban                        por las ventanas con asombro y curiosidad.</p>
<p class="texto">-¡La señora! ¡La señora!                        -murmuraban.</p>
<p class="texto">-¡Buenos días! -dijo, deteniéndose,                        Elena Ivanovna.</p>
<p class="texto">Calló un instante y añadió:</p>
<p class="texto">-¿Cómo les va a ustedes?</p>
<p class="texto">-¡Así, así, señora,                        a Dios gracias! -contestó Rodion-. Vamos tirando&#8230;</p>
<p class="texto">-¡Figúrese usted nuestra vida!                        -dijo sonriendo Estefanía-. Ya sabe usted, buena                        señora, lo pobres que somos. Hay catorce bocas en                        casa y sólo dos hombres para ganar el pan. Aunque                        mi marido es herrero, el oficio le produce poco: muchas                        veces ni tiene carbón para encender la fragua&#8230;                        ¡Es dura nuestra vida, muy dura!</p>
<p class="texto">Y se echó a reír, como si                        lo que decía fuera donosisímo.</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna se sentó junto a ellos,                        abrazó a su hijita y se quedó meditabunda.                        En la faz de la niña también se pintaba la                        tristeza y se advertía que ingratos pensamientos                        torturaban su cabecita. Jugaba con la rica sombrilla de                        encajes que su madre tenía en la mano.</p>
<p class="texto">-Sí, vivimos en la miseria -dijo                        Rodion-. Siempre angustiados&#8230; Trabaja uno como un negro,                        y, sin embargo&#8230; Este verano el tiempo es seco, no llueve                        y la cosecha será mala. La vida es dura, señora&#8230;</p>
<p class="texto">-Pero, en cambio, seréis felices                        en la otra -dijo Elena Ivanovna para consolarles.</p>
<p class="texto">Rodion no comprendió el sentido de                        estas palabras, y en vez de contestar, carraspeó.</p>
<p class="texto">-No le dé usted vueltas, señora                        -dijo Estefanía-; hasta en el otro mundo los ricos                        serán más felices que nosotros. Los ricos                        mandan decir misas, les ponen velas a los santos, les dan                        limosna a los mendigos, y Dios, a quien tienen contento,                        les recompensará en la otra vida; mientras que nosotros,                        los pobres campesinos, ni siquiera tenemos tiempo para rezar,                        además de no tener dinero para velas, misas ni limosnas.                        Luego, nuestra pobreza nos hace pecar&#8230; Reñimos,                        juramos&#8230; Y Dios no nos perdonará. No, querida señora,                        nosotros, los campesinos, no seremos felices ni en este                        mundo ni en el otro. Toda la felicidad es para los ricos&#8230;</p>
<p class="texto">Hablaba con acento alegre, regocijado, como                        si contase algo muy gracioso. Estaba acostumbrada, desde                        hacía tiempo, a hablar de su vida triste y penosa.</p>
<p class="texto">Rodion sonreía también; le                        enorgullecía tener una mujer tan lista y elocuente.</p>
<p class="texto">-Es un error creer fácil la vida                        de los ricos -dijo Elena Ivanovna-. Cada cual tiene sus                        penas.</p>
<p class="texto">Nosotros, por ejemplo&#8230; Yo y mi marido                        no somos pobres; pero ¿cree usted que somos felices?                        Aunque soy joven todavía, tengo ya cuatro hijos,                        que casi siempre están enfermos. Yo también                        lo estoy y necesito cuidarme mucho.</p>
<p class="texto">-¿Qué enfermedad padece usted?                        -preguntó Rodion.</p>
<p class="texto">-Una enfermedad de mujer. No puedo dormir                        y me dan unos dolores de cabeza horribles. Ahora, por ejemplo&#8230;                        Estoy aquí sentada, hablando con ustedes, y siento                        una gran pesadez de cabeza y un desmadejamiento&#8230; Preferiría                        el trabajo más duro a sufrir así. Luego, mi                        alma tampoco descansa. Siempre estoy inquieta por mi marido,                        por mis hijos&#8230; Toda familia tiene su cruz. Nosotros también                        la tenemos. Yo no soy de origen noble. Mi abuelo era un                        simple campesino, mi padre era también un pobre humilde                        y tenía una tiendecita en Moscú. Pero mi marido                        es de una familia muy noble y muy rica. Sus padres se oponían                        a nuestro matrimonio y él no les hizo caso y rompió                        con su familia para casarse conmigo. Sus padres no le han                        perdonado todavía. Esto le inquieta, no le deja vivir                        tranquilo, pues quiere mucho a su madre. Naturalmente, yo                        padezco. Vivo en un constante desasosiego&#8230;</p>
<p class="texto">Ante la casa de Rodion se fueron reuniendo                        campesinos y campesinas, que escuchaban atentamente lo que                        decía Elena Ivanovna. Uno de los primeros que se                        aproximaron fue Kozov. Sacudía su estrecha y larga                        barba. Acercáronse luego los Zichkov, padre e hijo&#8230;</p>
<p class="texto">-Además -prosiguió Elena Ivanovna-,                        no puede ser feliz el que no está en su puesto. Vosotros                        lo estáis. Cada uno de vosotros tiene su trocito                        de tierra, trabaja y sabe para qué. Mi marido trabaja                        también, construye puentes. Pero yo no hago nada.                        Yo no tengo ningún trabajo y no puedo sentirme en                        mi centro. Os digo todo esto para que no juzguéis                        por las apariencias. El que un hombre vaya bien vestido                        y tenga dinero no significa que sea feliz ni mucho menos.</p>
<p class="texto">Se levantó y cogió de la mano                        a su hijita.</p>
<p class="texto">-Lo paso muy bien entre vosotros -dijo sonriendo.</p>
<p class="texto">Se advertía en su sonrisa tímida                        que, efectivamente, estaba enferma. En su rostro, joven                        y bello, de cejas y pestañas negras y cabellos rubios,                        había una delgadez y una palidez mórbidas.                        La niña se parecía mucho a su madre, incluso                        en lo delgada y pálida. Ambas olían a perfumes.</p>
<p class="texto">-Sí, todo me gusta aquí: el                        bosque, la aldea. Viviría aquí siempre. Creo                        que aquí me curaría y encontraría mi                        verdadero puesto en el mundo. Tengo un gran deseo, un deseo                        ardiente de ayudaros, de seros útil, de acercarme                        a vosotros. Conozco vuestras penas, vuestros sufrimientos&#8230;                        Lo que no conozco lo adivino. Estoy enferma, sin fuerzas,                        y ya no me es posible cambiar de vida, como quisiera; pero                        tengo hijos y procuraré educarlos en el cariño                        a vosotros. Procuraré hacerles comprender que su                        vida no les pertenece a ellos, sino a vosotros. Pero os                        ruego que confiéis en nosotros, que viváis                        con nosotros como buenos vecinos. Mi marido es un hombre                        honrado y de buen corazón. No le irritéis.                        Cualquier pequeñez le llega al alma. Ayer por ejemplo,                        vuestro rebaño ha pasado por nuestro jardín;                        alguno de vosotros ha estropeado la cerca de nuestra colmena.                        Mi marido se desespera&#8230; ¡Os ruego&#8230;!</p>
<p class="texto">Hablaba con voz suplicante, cruzadas las                        manos sobre el pecho.</p>
<p class="texto">-Os ruego que viváis en paz con nosotros.                        No dice el proverbio a humo de pajas que una mala paz es                        mejor que una buena riña, y que antes de comprar                        una casa debe uno enterarse de la condición de los                        vecinos. Os repito que mi marido es honbre de buen corrazón.                        Si os conducís con nosotros como buenos vecinos,                        os aseguro que no os pesará: haremos por vosotros                        cuanto esté en nuestra mano; arreglaremos los caminos,                        edificaremos una escuela para vuestros hijos. Os lo prometo.</p>
<p class="texto">-Está muy bien lo que usted dice                        -arguyó Zichkov, padre, bajando los ojos-. Ustedes                        son gente instruida y saben lo que hablan. Pero, ¿qué                        quiere usted?, en la aldea de Eresnevo, Voronov, un rico                        propietario, prometió también, entre otras                        muchas cosas, edificar una escuela. Pues bien: sólo                        edificó el armazón, y no quiso seguir las                        obras. Los campesinos, obligados por las autoridades, tuvieron                        que seguirlas y se gastaron en ellas mil rublos.</p>
<p class="texto">¿Qué le parece a usted?&#8230;                        A mí me parece una acción que no tiene perdón                        de Dios.</p>
<p class="texto">-Muy bien! -aprobó Kozov, con una                        sonrisa maligna-. ¡Muy bien!</p>
<p class="texto">-¡No tenemos necesidad de vuestra                        escuela! -dijo Volodka, ásperamente-. Nuestros hijos                        van a la escuela de la aldea vecina. Que sigan yendo. ¡No                        queremos escuela!</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna perdió de pronto todo                        aplomo. Pálida, abatida, como si acabase de recibir                        un golpe en la cabeza, se fue sin decir una palabra. Marchaba                        presurosa, sin mirar atrás.</p>
<p class="texto">-¡Señora! -gritó Rodion                        siguiéndola-. Espere usted, óigame&#8230;</p>
<p class="texto">La seguía tenaz, descubierto, hablándole                        en un tono humilde, como si pidiese limosna.</p>
<p class="texto">-Señora, espere&#8230; escúcheme.</p>
<p class="texto">Cuando estaban ya fuera de la aldea, Elena                        Ivanovna se detuvo a la sombra de un viejo tilo.</p>
<p class="texto">-¡No se enfade, señora! -dijo                        Rodion-. No vale la pena. Hay que tener un poco de paciencia.</p>
<p class="texto">Tenga paciencia un año, dos. Nuestros                        campesinos, en el fondo, son buena gente&#8230; Se lo juro a                        usted. No hay que hacer caso de las palabras de Kozov, de                        Zichkov ni de mi hijo Volodka. Mi hijo es un infeliz y no                        hace más que repetir lo que les oye a los demás.                        Le aseguro a usted que los campesinos no son malos. Los                        hay nada tontos, pero que no se atreven a hablar&#8230; o, mejor                        dicho, que no pueden, porque no saben decir lo que piensan.                        Somos gente obscura, sin instrucción, ignorante&#8230;                        No hay que enfadarse. Lo mejor es tener paciencia&#8230;</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna miraba, meditabunda, al ancho                        río tranquilo, y las lágrimas se deslizaban                        por sus mejillas. Aquellas lágrimas turbaban de tal                        modo a Rodion, que el pobre hombre estaba a punto de llorar                        también.</p>
<p class="texto">-No se apure -decía, tratando de                        tranquilizar a la dama-. Todo se arreglará. Se edificará                        la escuela, se pondrán en buen estado los caminos.                        Pero todo a su debido tiempo, por sus pasos contados. Para                        sembrar trigo en esta colina hay que empezar por quitar                        la piedra, hay que labrar&#8230;</p>
<p class="texto">Sólo después de preparar el                        terreno se podrá sembrar. Lo mismo sucede con nuestros                        campesinos: hay que preparar el terreno&#8230;, y eso requiere                        tiempo&#8230;</p>
<p class="texto">En aquel momento vieron venir hacia ellos                        un grupo de campesinos. Cantaban y se acompañaban                        con un acordeón.</p>
<p class="texto">-¡Mamá, vámonos! -dijo                        la niñita, asustada, apretándose contra su                        madre y temblando de pies a cabeza-. ¡Vámonos,                        mamá! No quiero seguir aquí&#8230;</p>
<p class="texto">-¿Y adónde quieres que nos                        vayamos?</p>
<p class="texto">-¡A Moscú! En seguida, mamá,                        en seguida&#8230;</p>
<p class="texto">La niñita se echó a llorar.</p>
<p class="texto">Su llanto aumentó la turbación                        de Rodion, que empezó a sudar, y sacando del bolsillo                        un pepino, corvo como una hoz, se lo alargó a la                        criatura.</p>
<p class="texto">-Tómalo&#8230; para tí&#8230; No llores.                        Mamá te pegará y se lo contará a papá.                        Torna el pepino, cómetelo&#8230;</p>
<p class="texto">Elena Ivanovna y su hija siguieron andando.                        Rodion fue tras ellas largo trecho, intentando decirles                        algo afectuoso y convincente. Pero al fin se dio cuenta                        de que, ensimismadas, taciturnas, no le hacían caso,                        y se detuvo.</p>
<p class="texto">Siguiólas largo rato con la mirada,                        haciéndose sombra con la mano en los ojos. Y no se                        decidió a tornar a la aldea hasta que desaparecieron                        en el bosque.</p>
<p class="texto">El ingeniero estaba cada día más                        nervioso, más irritable, y en cualquier pequeñez                        veía un robo, un atentado. Hasta durante el día                        la puerta de la finca estaba cerrada con candado. De noche                        la guardaban dos centinelas. El ingeniero se negó                        categóricamente a emplear en ningún trabajo                        a los campesinos de Obruchanovo.</p>
<p class="texto">El mal humor del señor Kucheroy subió                        de punto con motivo de algunas raterías. Un día,                        un campesino -o acaso un obrero de los que trabajaban en                        la construcción del puente- colocó en el coche                        unas ruedas viejas y se llevó las nuevas; algún                        tiempo después desaparecieron algunas guarniciones.</p>
<p class="texto">Hasta la gente de la aldea estaba indignada.                        Y cuando pidió que se procediese a un registro en                        casa de los Zichkov y en casa de Volodka, los objetos robados                        fueron encontrados en el jardín del ingeniero; no                        cabía duda de que el ladrón, temeroso del                        registro solicitado, los había llevado allí.</p>
<p class="texto">Una tarde, unos campesinos que volvían                        del bosque tornaron a encontrarse con el ingeniero. El señor                        Kucherov se detuvo, sin saludarles, y mirando severamente                        tan pronto a uno como a otro, habló de esta manera:</p>
<p class="texto">-Os he rogado que no cojáis setas                        en mi parque, y, no obstante, vuestras mujeres vienen al                        salir el Sol y se las llevan todas; de modo que no queda                        ninguna para mi mujer y mis hijos. No hacéis ningún                        caso de mis ruegos. Las súplicas y las reflexiones                        son inútiles con vosotros.</p>
<p class="texto">Claváronse sus airados ojos en Rodion,                        y añadió:</p>
<p class="texto">-Yo y mi mujer os hemos tratado humanamente,                        como a hermanos, y vosotros, en cambio&#8230; Pero ¿para                        qué gastar saliva?&#8230; No habrá más                        remedio que romper con vosotros toda clase de relaciones.</p>
<p class="texto">Y haciendo visibles esfuerzos para no dejarse                        arrastrar por la cólera, les volvió la espalda                        a los campesinos y se fue.</p>
<p class="texto">Cuando llegó a casa, Rodion oró                        ante el icono; se quitó las botas y se sentó                        en el banco, junto a su mujer.</p>
<p class="texto">-Sí&#8230; -dijo tras un corto silencio-.                        Acabamos de toparnos con el ingeniero&#8230; Ha visto al salir                        el Sol a las mujeres de la aldea&#8230; Y está enfadado                        porque no les llevan setas a su mujer y a sus hijos&#8230; Luego                        me ha mirado y me ha dicho no sé qué de relaciones&#8230;                        Sin duda quieren ayudarnos&#8230; Como están enterados                        de nuestra miseria&#8230; ¡Dios se lo pague!</p>
<p class="texto">Estefanía se persignó y suspiró.</p>
<p class="texto">-Son unos señores muy buenos&#8230; Ven                        nuestra pobreza y quieren hacer algo por nosotros. La Santísima                        Virgen nos envía ese auxilio para nuestra vejez&#8230;</p>
<p class="texto">El 14 de septiembre era la fiesta del Patrón                        de la aldea. Los Zichkov, padre e hijo, atravesaron el río                        muy de mañana, se metieron en la taberna y volvieron                        por la tarde borrachos perdidos. Paseáronse un rato                        por la aldea, cantando y jurando; se pegaron luego, y, por                        último, corrieron a la finca del ingeniero para querellarse                        uno contra otro.</p>
<p class="texto">Entró delante Zichkov padre con un                        garrote en la mano. En el patio se detuvo tímidamente                        y se quitó la gorra. En aquel momento el ingeniero                        y su familia tomaban el te en la terraza.</p>
<p class="texto">-¿Qué se te ofrece? -le gritó                        el ingeniero.</p>
<p class="texto">-¡Excelencia! ¡Noble señor!                        -clamó Zichkov, echándose a llorar-. ¡Apiádese                        de un pobre viejo!&#8230;</p>
<p class="texto">Mi hijo es un bruto; no puedo ya sufrirle&#8230;                        Me ha arruinado, y ahora me pega&#8230;</p>
<p class="texto">En esto entró en el jardín                        Zichkov hijo, destocado y, como su padre, con un garrote                        en la mano. Se detuvo y dirigió una mirada estúpida,                        de beodo, a la terraza.</p>
<p class="texto">-No tengo que ver con vuestras riñas                        -dijo el ingeniero-. Id a ver al juez o al jefe del distrito.</p>
<p class="texto">-¡Ya he estado en todas partes! -contestó                        el viejo sollozando-. Ni siquiera me escuchan. ¿Qué                        recurso me queda?&#8230; ¡Mi propio hijo puede pegarme&#8230;                        y matarme si quiere! Matar a su padre&#8230; ¡A su propio                        padre!</p>
<p class="texto">Levantó el garrote y le asestó                        a su hijo un palo en la cabeza. El otro descargó                        sobre el cráneo calvo del viejo un garrotazo tal                        que por poco sí se lo abre. Zichkov padre ni siquiera                        se tambaleó. Su garrote volvió a levantarse                        y a contundir la testa filial.</p>
<p class="texto">Durante un rato, uno frente a otro, apeleáronse                        la cabeza metódicamente. Diríase que la contienda                        era un juego en que cada uno guardaba su turno.</p>
<p class="texto">Desde el otro lado de la verja contemplaban                        la escena otros habitantes de la aldea: hombres, mujeres,                        niños. Contemplábanla como un espectáculo                        al que estuviesen habituados desde hacía tiempo.                        Habían venido a saludar al ingeniero con motivo de                        la fiesta; pero al ver a los Ziclikov pegarse no se atrevieron                        a entrar.</p>
<p class="texto">A la mañana siguiente, Elena Ivanovna                        se fue con los niños a Moscú.</p>
<p class="texto">Se corrió la voz de que el ingeniero                        vendía «Quinta Nueva».</p>
<p class="texto">Todo el mundo se ha acostumbrado al puente,                        y les es ya difícil a los aldeanos imaginarse sin                        puente el río en aquel sitio.</p>
<p class="texto">Su construcción terminó hace                        tiempo. Se oye con gran frecuencia el ruido sordo del tren                        que por él pasa.</p>
<p class="texto">«Quinta Nueva» fue puesta en                        venta y la compró un alto empleado público,                        que la visita con su familia los días de fiesta,                        toma te en la terraza y regresa a la ciudad. El indicado                        personaje les impone a los campesinos un gran respeto, hasta                        por su manera prócer de hablar y de toser, y cuando                        le saludan quitándose la gorra ni siquiera se digna                        contestar al saludo.</p>
<p class="texto">En la aldea ha envejecido todo el mundo.                        Kozov se murió. En casa de Rodion ha aumentado el                        número de niños; Volodka tiene ahora una larga                        barba roja. La familia sigue muy pobre.</p>
<p class="texto">A principios de la primavera, los campesinos                        suelen tener trabajo en la estación del ferrocarril,                        donde sierran y cepillan madera. Terminada la faena vuelven                        a sus casas, tardo el paso, en la faz la luz del Sol poniente.                        En las frondas de junto al río cantan los ruiseñores.                        Al pasar por delante de «Quinta Nueva» los campesinos                        miran prolongadamente a la casa, toda en silencio y como                        muerta, sobre cuyos tejados vuelan, doradas por el Sol,                        las palomas.</p>
<p class="texto">Rodion, las Zichkov, padre e hijo, Volodka                        y los demás recuerdan los caballos blancos del ingeniero,                        los cohetes, los farolillos de colores de la barca, los                        ponneys; y piensan en Elena Ivanovna, bella, elegante, que                        iba con frecuencia a la aldea y les hablaba con tanto cariño.                        Nada de aquello existe ya: todo se ha evaporado como un                        sueño o un cuento de hadas.</p>
<p class="texto">Siguen caminando, unos juntos a otros, cansados,                        ensimismados, taciturnos.</p>
<p class="texto">Los aldeanos -piensan- son, al fin y al                        cabo, gente buena, temerosa de Dios; Elena Ivanovna era                        bonísima, muy cariñosa, inspiraba afecto y                        confianza, y, sin embargo&#8230; Sin embargo, no pudieron ponerse                        de acuerdo y se separaron como enemigos. ¿Por qué?                        ¿Porque todas aquellas mezquinas naderías                        -la intrusión de unos caballos en un prado, el hurto                        de unas guarniciones&#8230;- lo echaron todo a perder? ¿Y                        por qué la gente de la aldea vive bien avenida con                        el nuevo propietario, que ni siquiera contesta a su saludo?</p>
<p class="texto">No saben qué contestar a estas preguntas.</p>
<p class="texto">Sólo Volodka murmura algo.</p>
<p class="texto">-¿Qué dices? -le pregunta                        Rodion.</p>
<p class="texto">-Digo que maldita la falta que nos hacía                        el puente -contesta con hosca aspereza-, y que podíamos                        seguir sin él.</p>
<p class="texto">Ningún campesino le responde. Continúan                        andando en silencio, encorvados, cabizbajos.</p>
<p class="texto">
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		</item>
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		<title>Los dioses del frio</title>
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		<pubDate>Fri, 18 Apr 2008 14:28:01 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[invierno]]></category>
		<category><![CDATA[Mertens]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>

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		<description><![CDATA[Dedicado a la gente del refugio López por: Cristian Mertens Parte 1: El Morlock - ¿Y abuelo? - Paciencia&#8230; Al poco tiempo Tiara preguntó nuevamente. El abuelo acarició el pelo de la pequeña, entendía su ansiedad. Pocas veces la habían traído al océano. Y ahora, sentados en lo alto del acantilado, se le estaba pidiendo [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="volanta" style="text-align: center;"><em>Dedicado a la gente del refugio López</em></p>
<p class="titular">
<p class="texto" style="text-align: right;"><strong>por: Cristian Mertens </strong></p>
<p class="subtitulo">
<h3><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/nieve.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-137" title="Los dioses del frío" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/nieve.jpg" alt="" width="800" height="329" /></a></h3>
<h3 style="text-align: center;">Parte 1: El Morlock</h3>
<p class="texto">- ¿Y abuelo?<br />
- Paciencia&#8230;</p>
<p class="texto">Al poco tiempo Tiara preguntó nuevamente.</p>
<p class="texto">El abuelo acarició el pelo de la pequeña,                        entendía su ansiedad. Pocas veces la habían                        traído al océano. Y ahora, sentados en lo                        alto del acantilado, se le estaba pidiendo quedase quieta.</p>
<p class="texto">- No te preocupes dijo el anciano: El Morlock                        nunca falta, es algo así como la última señal                        de que el invierno llega.</p>
<p class="texto">- ¿Que es el Invierno Abuelo?</p>
<p class="texto">- El invierno es cuando el sol se oculta                        por mucho, mucho tiempo. Y es cuando viene el gran frío,                        entonces los árboles pierden sus hojas, el agua se                        vuelve como roca y cae un polvo blanco y frío del                        cielo que todo lo cubre.</p>
<p class="texto">El anciano sonrió. Adivinó                        que en la mirada de la pequeña había incredulidad.</p>
<p class="texto">Sobre la bahía del gran mar verde,                        el sol del pueblo de Tiara estaba desapareciendo detrás                        del horizonte. La niña había nacido ese verano,                        y nunca había visto el sol languidecer, en el magnifico                        ocaso que tiñe el cielo con tonos púrpuras                        y naranjas.</p>
<p class="texto">El murmuro de un grupo de gente cercano interrumpió                        la conversación: algo se movía en medio de                        la bahía. Al principio solo fueron unas burbujas,                        luego el mar se agitó más y más hasta                        que de pronto el Morlock saltó fuera del agua.</p>
<p class="texto"><span id="more-53"></span>Era un pez inmenso, cuyas escamas doradas                        fulguraban en la tenue luz. Tal fue su impulso que por un                        momento quedó completamente suspendido en el aire.                        Sus aletas eran transparentes, verdosas, venosas. Su boca,                        inmensa, de la cual pendían largos bigotes, anillados                        de diferentes colores.</p>
<p class="texto">Cayó estrepitosamente, y la ola que                        generó llegó hasta los bordes de la bahía.</p>
<p class="texto">El Morlock solo se asomó un par de                        veces mas, y luego desapareció.</p>
<p class="texto">El silencio volvió al lugar, solo                        se oía algunas aves que no habían emigrado                        aún. Toda la gente se había parado ya, y uno                        por uno se fueron dando vuelta, murmurando entre sí                        su satisfacción de haber visto la enorme criatura.</p>
<p class="texto">Tiara y el anciano llegaron al pueblo últimos.                        La curiosidad de ella por cada detalle del campo, y las                        articulaciones arrumbadas de él los habían                        atrasado. La madre de Tiara los estaba buscando con impaciencia.</p>
<p class="texto">- ¡Por fin llegaron! ¡Ya todos                        están preparándose y ustedes dos andan paseando                        por allí!</p>
<p class="texto">- ¡Mamá! ¡Vimos un pez                        enorme que salió del mar que tenía una boca                        gigantesca y unos grandes bigotes de todos los colores!</p>
<p class="texto">La mirada de Zonefría hacía                        su suegro no necesitaba mayores comentarios.</p>
<p class="texto">- Es que ella insistió, dijo él,                        y pensé que sería un lindo recuerdo antes                        del sueño.</p>
<p class="texto">- ¡El mar es de los demonios, replicó                        ella, y todo lo que hay en ellos también! ¡No                        quiero que se llene la cabeza de la niña con semejantes                        cosas! ¡Ella debería estar ayudándome                        a preparar el Cock!</p>
<p class="texto">El Cock era el gran sueño, la hibernación.                        Pero a su vez era una bebida pastosa que ayudaba a entrar                        en estado letárgico. Todas las familias del pueblo                        la preparan en una suerte de ritual que se transmitía                        de generación en generación. Si bien los ingredientes                        básicos no eran un misterio, en gran parte canela,                        trigo machacado y las bayas de un arbusto que crecía                        en la zona (y que en realidad era el responsable del sueño),                        cada familia preparaba el Kock de manera diferente.</p>
<p class="texto">Y como cada temporada, la preparación                        del Kock y el invierno que se acercaba rápidamente                        había inmerso el pueblo en un frenesí poco                        común para esa gente que era habitualmente de lo                        más tranquila. Algunos sellaban las ventanas de las                        grandes casas blancas y redondas con alquitrán. Otros                        iban y venían por las calles inusualmente saturadas.                        De vez en cuando se veía pasar un carro repleto de                        víveres y se sabía que iban hacia el gran                        monolito.</p>
<p class="texto">El gran monolito había sido levantado                        por los dioses de la noche, sobre una pequeña colina                        que reinaba en el centro del pueblo. En una de las dos caras                        del monolito los dioses habían escrito indescifrables                        y misteriosas frases. En la otra cara, los pueblerinos habían                        dibujado (escribían en hieroglíficos) alabanzas                        de agradecimiento y plegarias de protección. Y cada                        invierno que se acercaba, depositaban al pie de la colina                        una gran cantidad de semillas, cera, toneles de miel, vino,                        aceitunas, cueros y lana de animales, aún manualidades                        como alforjas de barro cocido, carros de madera, instrumentos                        para arar y vestidos de lino fino. A su vez, los dioses                        dejaban cada primavera pescado, algas secas, instrumentos                        de música, y hasta huesos labrados finamente con                        formas de animales monstruosos. También cuchillos,                        herramientas, estatuillas de bronce, de plata y de oro.                        A veces los dioses dejaban extraños objetos cuyo                        propósito escapaba a los pueblerinos.</p>
<p class="texto">El interior de la casa de Tiara era fresco                        como todos los hogares del pueblo. Las construcciones eran                        circulares, pero como en este caso, la familia era grande                        por lo que tenia 4 domos pegados unos al otro, pintados                        con cal blanca.</p>
<p class="texto">Pkiolckek, el padre de la niña, estaba                        trepado a una escalera cuando esta entró. Estaba                        tapando con brea una apertura de ventilación.</p>
<p class="texto">- ¡Papá! ¡Vi un pez enorme,                        el abuelo me llevó!</p>
<p class="texto">- ¿El Morlock? Sonrió el padre</p>
<p class="texto">- ¡Sí! Era inmenso, y bello.</p>
<p class="texto">- Tu abuelo me llevó cuando tenía                        mas o menos tu edad. ¡Tuve que esperar casi todo un                        día para que aparezca, y cuando por fin saltó                        el abuelo se había dormido!</p>
<p class="texto">- ¿¡Porque no terminas de cerrar                        las aperturas en vez de contar esas ridículas historias!?                        Protesto Zonefría.</p>
<p class="texto">Pkiolckek suspiró.</p>
<p class="texto">- No sé para que me esfuerzo tanto,                        si los dioses destapan estas aperturas cada invierno.</p>
<p class="texto">- Los dioses entran a nuestra casa??? Preguntó                        Tiara, cuya mirada brillaba como cuando vio al Morlock.</p>
<p class="texto">- Bueno hija, trato de calmarla Zonefría,                        los dioses están por todos lados, a veces cambian                        las cosas de lugar, a veces se llevan a alguno de nosotros,                        especialmente los mas ancianos (y dijo esto recalcándolo                        lentamente y mirando a su suegro) y a veces nos regalan                        hijos, que nos nacen cuando estamos dormidos.</p>
<p class="texto">- ¡Y también destapan las aperturas                        de nuestras casas! Se quejó Pkiolckek</p>
<p class="texto">- ¡Por favor! ¡Deja de decir                        esas cosas, solo vas a lograr que los dioses se enojen con                        nosotros! Dijo Zonefria luego de lo cual arrastró                        a Tiara hasta la cocina.</p>
<p class="texto">Allí el ambiente era diferente. La                        luz tenue y rojiza del sol entraba por las aperturas mal                        selladas de las grandes aperturas que ofrecían de                        ventana. En una marmita, hervía un caldo espeso,                        amarillento y granuloso.</p>
<p class="texto">- Este, dijo Zonefria, es el Kock.</p>
<p class="texto">La niña miró un instante el                        interior de la olla de cobre. Las burbujas explotaban lentamente                        en la superficie de la poción, el hedor la hacía                        pensar en una</p>
<p class="subtitulo">
<h3 style="text-align: center;">Parte 2: Los preparativos</h3>
<p><span class="texto">Llegó el momento. Cada miembro                        de la familia se acostó en su nicho, que eran como                        unas aperturas o molduras hechas directamente sobre las                        paredes blancas. Tiara, sus hermanas y el abuelo estaban                        dispuestos relativamente cerca, alrededor del hogar a leña,                        en la sala principal. Los padres, en cambio, estaban un                        poco mas apartados; tenían un nicho grande al cual                        había que acceder por una pequeña escalera                        y cuya entrada estaba absolutamente prohibida para los demás.</span></p>
<p class="texto">Los nichos tenían un colchón                        hecho de algodón y paja. A veces poseían unas                        pequeñas repisas en las cuales se colocaban objetos                        personales.</p>
<p class="texto">Tiara estaba acostada sobre su vientre. Semi-tapada                        con una fina sabana de lino, veía como sus dos hermanas                        menores, mellizas, murmuraban entre ellas de un nicho al                        otro (pese a la interdicción de la madre) La hermana                        mayor, en cambio, jugaba en silencio con una muñeca                        de trapo. El abuelo se lamentaba de sus dolores de articulaciones,                        y buscaba una mejor posición dentro de su nicho.</p>
<p class="texto">Zonefria estaba aún en la cocina y                        vertía el Cock en pequeños tazones individuales.                        Pronto le trajo a cada uno, incluido al padre, el brebaje.</p>
<p class="texto">El Cock era difícil de beber, había                        que hacerlo de a pequeños sorbos ya que era espeso                        y caliente. Una vez en la garganta, producía un efecto                        entumecedor, cerraba en parte las vías respiratorias,                        y era, además, un sedante poderoso.</p>
<p class="texto">Tiara miró con recelo el brebaje violeta,                        en la pequeña taza de barro. Lo olió con desconfianza                        y lo apartó rápidamente, tal fue la repulsión                        que le causó.</p>
<p class="texto">Escuchaba los murmuros, las rizas apagadas,                        los pasos incansables de Zonefria, el crepitar del fuego,                        veía la luz tenue del día que aún entraba                        por algunas fisuras de las paredes.</p>
<p class="texto">Las primeras en dormirse fueron las mellizas.                        Luego la hermana mayor, que ya había vivido un invierno.                        Luego el abuelo. Después todo fue silencio, solo                        faltaba la madre, que era siempre la última en dormirse.</p>
<p class="texto">Pero Tiara no tomó su Cock. Por lo                        contrario volcó el contenido en una hendidura de                        su nicho, y fingió dormirse.</p>
<p class="texto">Para ella solo era un juego.</p>
<p class="texto">Quería ver a los dioses entrar.</p>
<p class="texto">Terminó durmiéndose, cansada                        de esperar.</p>
<h3 style="text-align: center;">Parte 3: El Invierno</h3>
<p class="texto">Cuando despertó estaba titiritando. El fuego del                        hogar se había apagado hacía mucho tiempo.                        Ya no entraba luz por las fisuras.</p>
<p class="texto">- ¿Mami?</p>
<p class="texto">No hubo respuesta.</p>
<p class="texto">- ¿Mami?</p>
<p class="texto">Solo escuchó el viento que afuera                        soplaba con fuerza.</p>
<p class="texto">Lo primero que tuvo que hacer fue envolverse en la alfombra                        de piel blanca que estaba en la sala. Luego, a duras penas,                        logró encender una lámpara, volcó un                        poco de su aceite en leños nuevos y de ese modo encendió                        el fuego.</p>
<p class="texto">Se detuvo a mirar su casa. Que extraño                        parecía todo ahora, no había ruidos, no había                        luz. Subió hasta el nicho de sus padres y los encontró                        abrazados y durmiendo. Revisó cada nicho y observó                        que toda su familia tenía la piel azulada, los ojos                        pegados, la boca abierta y seca, y no lamentó haberse                        quedado despierta.</p>
<p class="texto">Nunca había cocido, sin embargo se                        las ingenió para hacerse un abrigo, pantalones, guantes                        y aún unas botas, con telas y pieles que fue arrancando                        de varios lugares de la casa. Claro que la ropa le colgaba                        de un lado y le apretaba del otro ¡pero abrigaba!</p>
<p class="texto">Luego, se animó a salir.</p>
<p class="texto">Soplaba un viento huracanado. Ya no había                        nada de luz pero por vez primera, un Bjon veía un                        cielo sin sol, negro como las piedras de la cantera, y cubierto                        de una cantidad infinita de pequeñas luces que parpadeaban.                        No existía en su idioma una palabra para estrellas,                        como tampoco existe en el nuestro una palabra para describir                        el asombro de Tiara.</p>
<p class="texto">Ya no podía divisar las montañas,                        las adivinaba por sus perfiles que recortaban el cielo estrellado.</p>
<p class="texto">Poco a poco su viste se acostumbró                        a la tenue luz estelar, y pudo distinguir la calle y algunas                        casas vecinas. Los árboles estaban desnudos, el viento                        los sacudía sin merced, las calles desiertas, no                        escuchaba a los pájaros, ni a los niños jugar,                        no había nada mas que desolación, y Tiara                        se sintió sola.</p>
<p class="texto">Continuó vagando por las calles de                        la ciudad. Muchas veces pensó escuchar a alguien,                        pero solo eran efectos del viento. A un momento dado, le                        pareció ver, en una esquina, ver algo pasar rápidamente                        de un lado al otro. Corrió hasta el lugar, pero solo                        había tinieblas. Cuándo se dio vuelta ¡algo                        se le abalanzaba encima! Gritó de espanto, pero el                        arbusto seco, arrastrado por el viento, solo le pasó                        cerca.</p>
<p class="texto">Tiara se encerró en su casa por mucho                        tiempo. Cada vez sentía mas frío. Tapó                        gritas, cocinó. Cortó madrea, tejió                        mas prendas.</p>
<p class="texto">De vez en cuando observaba a los suyos. Sus                        cuerpos estaban helados, y se les había formado como                        una extraña capa de grasa que los cubría como                        una piel. Los rasgos de sus rostros se perdían, apenas                        se distinguían los dedos de sus manos.</p>
<p class="texto">Una vez, Tiara fue a buscar una jarra a la                        cocina. Se sorprendió mucho al encontrar dentro una                        piedra cristalina, totalmente encastrada dentro de la jarra.                        ¿Serán los dioses? pensó. Toco el interior                        de la jarra y eso pareció quemarle los dedos. Parecía                        como un enorme diamante, atravesado por una infinidad de                        grietas azuladas. Pronto descubrió que toda el agua                        almacenada en la casa se había convertido en piedra,                        pero que ese hechizo desaparecía cuando se acercaba                        el agua al calor del fuego.</p>
<p class="texto">Quiso ver la calle. Se abrigó mucho                        y se dispuso a salir. Pero por más que lo intentó,                        no logró abrir la puerta. Terminó destapando                        una de las aperturas selladas por su padre, y descubrió,                        anonadada, que toda la ciudad estaba cubierta por un polvo                        blanco que caía del cielo.</p>
<p class="texto">- Entonces era cierto</p>
<p class="texto">Ahora podía distinguir la ciudad entera,                        el valle, las montañas. Todo estaba recubierto de                        nieve. Pero lo que le pareció increíble fue                        ver, a lo lejos, que el océano también se                        había vuelto blanco.</p>
<p class="texto">La temperatura siguió bajando, y Tiara                        tuvo que aprender a sobrevivir por si sola. Ya no se movía                        de delante del fuego, salvo para buscar mas leña                        o comida. Combatía la soledad y el silencio del mismo                        modo que combatía el frío, cantando y tejiendo;                        de hecho se había convertido en una experta tejedora.                        Aguardó así, pacientemente, por mucho tiempo                        la llegada de los dioses.</p>
<p class="texto">Y fue así, que en un momento dado,                        una mano helada se posó sobre su hombro.</p>
<p class="texto">Se paró de un salto y descubrió,                        horrorizada, un ser de mediana estatura que la observaba.                        Su piel era prácticamente blanca, sus ojos amarillos                        y negros, desmesuradamente grandes, su boca chica. Pero                        lo que más le impresionó eran sus largos dedos                        verdosos y sus uñas negras.</p>
<p class="texto">El ser gruñía palabras incomprensibles,                        pero resultaba obvio que estaba tan asustado como Tiara.                        De su piel caían como trozos de cuero. Por un momento                        permanecieron en silencio, mirándose. Entonces el                        rostro de Tiara empalideció. Buscó con la                        mirada en cada nicho que tenía cerca, hasta que descubrió                        que la escalera del nicho de sus padres había sido                        movida. Largas fetas de piel grasosa pendían de ella.</p>
<p class="texto">Volvió a observar al ser, se fijó                        en sus brazaletes, es la poca ropa que llevaba, vio que                        se trataba de una hembra &#8230; Y Tiara reconoció a                        su madre.</p>
<h3 style="text-align: center;">Parte 4: los dioses del                        frío</h3>
<p class="texto">Zonefria se arrodilló delante de Tiara. Tiara lloraba                        y se tapaba la boca para no gritar, mientras Zonefria seguía                        balbuceando frases inteligibles.</p>
<p class="texto">Se escuchó un ruido, era el abuelo                        que estaba despertando, lentamente emergió de su                        nicho. Al igual que Zonefria, el anciano estaba transformado,                        sus ojos enormes apabullados por la aparición de                        Tiara, a quien consideró de inmediato una diosa del                        día.</p>
<p class="texto">Pronto, toda la familia había despertado.                        Les incomodaba la luz del hogar, se habían reunido                        en la cocina, y Tiara los escuchaba discutir entre si. Al                        tiempo, llega la madre con una bandeja de comida prolijamente                        dispuesta. Tiara la aceptó, (pero nada tenía                        que ver con lo que Zonefria le solía cocinar) y cuando                        tomó la bandeja la madre se postro delante de ella.</p>
<p class="texto">- Mami, no &#8230; Tiara intentó disuadirla.                        La asió del brazo para levantarla, pero al sentir                        su cuerpo helado la soltó. Zonefria por su lado,                        se quedó tocando el brazo, como si el contacto con                        Tiara la hubiese quemado.</p>
<p class="texto">Se escuchó un estruendo. Era el padre                        que había logrado desbloquear la puerta. Un frío                        polar entraba, pero las niñas no parecían                        inmutarse con el contacto de la nieve y el hielo, todo lo                        contrario, gritaban de alegría y con sus uñas                        terminaron cavando un túnel que llegó hasta                        la calle. Afuera se escuchaban los gritos de otros niños.</p>
<p class="texto">El padre salió también, y volvió                        un poco mas tarde acompañado con el que Tiara adivinó                        ser el gobernador.</p>
<p class="texto">Ambos se postraron ante ella. Y ella, paciente,                        intentó por muchos medios hacerles entender quien                        era, pero era obvio que no la entendían mas que ella                        a ellos. Les señaló su nicho, y por respuesta                        ellos sonrieron.</p>
<p class="texto">- ¿Habrán entendido? se preguntó                        desconfiada.</p>
<p class="texto">El gobernador golpeo dos veces las manos,                        y apareció un asistente. Al tiempo habían                        llenado el nicho finas telas y joyas &#8230;</p>
<p class="texto">Tiara suspiró.</p>
<p class="texto">El desfile de gente fue continuo. Venían,                        se postraban, decían palabras incomprensibles, dejan                        sus ofrendas y se iban contentos. Zonefria observaba seria                        como se iba llenando su salón de objetos de los mas                        diversos.</p>
<p class="texto">Pero lo peor de todo, fue que a un momento                        dado, una persona vino con un niño. Este tenía                        uno de sus ojos cerrados. Aparentemente, después                        de la hibernación su ojo no había logrado                        abrirse. El padre se arrodillo ante Tiara, y luego le presentó                        a su hijo.</p>
<p class="texto">- ¿Pero? ¿Y que se supone que                        tengo que hacer?</p>
<p class="texto">El niño estaba asustadísimo                        ante el rostro extraño de la diosa del día.                        Para él los ojos de Tiara era diminutos, su piel                        horrorosamente oscura, sus dedos cortos, prácticamente                        sin uñas. ¡Toda una bruja!</p>
<p class="texto">Tiara observó alrededor de ella. Todos                        estaban contemplando la escena. Finalmente, suspiró,                        atrajo al pequeño hacia ella (casi a la fuerza) e                        intentó ver que le pasaba en el ojo. Pero quizá                        por el contacto de la piel caliente de Tiara, quizá                        por el terror que sintió el pequeño, el ojo                        se abrió, grande, profundo, con la mirada de la gente                        del frío. El chico corrió hacia su padre,                        y al ver el milagro todos se arrodillaron, y cantaron con                        sus voces roncas por un largo rato. Tiara se agarraba la                        cabeza entre las manos &#8230;</p>
<p class="texto">Pasó bastante tiempo antes de que Tiara aprendiese                        algunas palabras de la gente del frío. Comida, plato,                        nieve, frió, fuego &#8230; Le costó mucho mas                        pronunciarlas.</p>
<p class="texto">Impidió (por todos los medios) que                        abrieran las aperturas selladas, y ellos terminaron entendiendo                        que Tiara tenía frío. Trajeron entonces mucha                        leña y muchas pieles. Vinieron ancianas y cocieron                        gran cantidad de botas, prendas, guantes muy gruesos.</p>
<p class="texto">Después de un tiempo, notó                        que incorporaban pescado a sus dietas. Obviamente la gente                        del frío eran cazadores y pescadores, no agricultores.</p>
<p class="texto">A un momento dado, quisieron llevar a Tiara                        afuera de la casa. En un principio esta se negó,                        pero era tal el entusiasmo de esta gente que no pudo negarse.                        Se abrigó triplemente, y subió por la apertura                        de nieve, a la cual se le habían esculpido unos escalones.                        Al salir respiró el aire helado y puro de la larga                        noche. La inmensidad de estrellas parecía aun mayor.                        Pero quedó anonadada al contemplar que sobre el cielo                        se formaban largas líneas de colores que parecían                        bailar de un lugar a otro. La gente del frío aplaudía                        el espectáculo, siendo las auroras boreales seguramente                        un buen augurio para ellos.</p>
<p class="texto">Después de esa experiencia, Tiara                        se animó a salir de vez en cuando a la calle, en                        los momentos donde el viento no soplaba.</p>
<p class="texto">Terminó dominando el idioma de la                        gente del frío. Cuando se sintió lista, pidió                        a los ancianos y a sus padres reunirse con ella en el salón                        de Zonefria.</p>
<p class="subtitulo">
<h3 style="text-align: center;">Parte 5: la diosa del día</h3>
<p class="texto">- Lo que les voy a decir articulaba Tiara con dificultad                        es algo que sin duda los sorprenderá mucho</p>
<p class="texto">Había un gran silencio respetuoso                        en la sala, el gobernador estaba sentado en primera fila.</p>
<p class="texto">- Bien dudó Tiara para empezar, yo                        no soy una diosa</p>
<p class="texto">Hubo en ese momento un murmuro entre la gente                        del frío. Hasta se escuchó una riza entre                        aquellos que estaban cerca de la puerta.</p>
<p class="texto">- Yo dijo con solemnidad, mientras abría                        los brazos hacia sus padres soy hija de ustedes</p>
<p class="texto">Se escucharon entonces gritos, vociferaciones.                        Algunos se pararon.</p>
<p class="texto">- ¡Los dioses nos están probando!</p>
<p class="texto">- ¡Eso no puede ser! ¿Acaso                        ellos pueden engendrar dioses?</p>
<p class="texto">Le costó muchísimo a Tiara                        hacer que todos se calmaran.</p>
<p class="texto">- Déjenme explicarles, o al menos                        decirles lo que yo creo es la explicación</p>
<p class="texto">- ¡No vamos a escuchar tus tentaciones,                        diosa mentirosa! gritó un anciano desde el fondo.</p>
<p class="texto">- Por favor, por favor pidió el gobernador                        déjenla hablar</p>
<p class="texto">- Sé que esto es difícil. Lo                        fue también para mi. Mi nombre es Tiara , nací                        este verano de Zonefria y Pkiolckek que ustedes llaman Abú                        y Kor. Cuando el sol se ocultó, mi familia y yo nos                        dispusimos a beber el Cock, que es un preparado que nos                        hace invernar. O al menos así lo creíamos.                        Yo quería ver a los dioses de la noche, así                        que engañe a mi madre y tiré el Cock. Sobreviví                        al frío de milagro, hasta que ustedes despertaron.                        Ustedes son nosotros, son los dioses de la noche, son los                        dioses del día.</p>
<p class="texto">Hubo esta vez un gran silencio.</p>
<p class="texto">Después de un tiempo, uno de los ancianos                        pidió la palabra.</p>
<p class="texto">- Por un momento les pido que supongamos                        que las palabras de la diosa son ciertas. Quiero decir de                        Tiara y al decir esto sonrió a la joven Supongamos                        por un momento que nuestros cuerpos se transforman para                        adaptarse al calor y al frío. Pasamos a tener ojos                        pequeños cuando hay luz, sangre fría en el                        helado invierno, se transforman las manos, la piel &#8230; supongamos                        que en esa tremenda transformación física,                        también perdamos la memoria. Supongamos por último                        &#8230; y al decir esto hizo un silencio &#8230; que por cientos                        de años hemos estando creyendo en los dioses del                        día y de la noche, cuando éramos nosotros                        mismos</p>
<p class="texto">- Eso explicaría porque algunos desaparecen                        durante el día dijo un anciano.</p>
<p class="texto">- Y porque algunos nacen agregó el                        que estaba hablando eso, en realidad explicaría muchas                        cosas</p>
<p class="texto">- Pero de ser así dijo aquel que se                        había indignado anteriormente ¿qué                        hay de del dolmen? ¿qué de las escrituras                        místicas? ¿qué de las ofrendas?</p>
<p class="texto">Zonefria se paró. Se acercó                        a Tiara.</p>
<p class="texto">- Me temo dijo en voz bien alta que hemos                        estado ofrendándonos y escribiéndonos a nosotros                        mismos</p>
<p class="texto">Miró a Tiara, la tomó de los                        brazos y dijo:</p>
<p class="texto">- Siempre sospeché que había                        algo entre nosotras</p>
<p class="texto">Entonces Tiara se hundió en los brazos                        de su madre y lloró profundamente. La madre hizo                        un visible esfuerzo para aguantar el calor del cuerpo de                        Tiara.</p>
<p class="texto">- ¿Cómo me vas a llamar el                        próximo invierno, mamá? preguntó por                        fin con el rostro bañado en lágrimas.</p>
<p class="texto">- Querida, por ser la primera en visitar                        ambos mundos, mereces llamarte del mismo modo en ambos pueblos.,                        con el mas lindo de los nombres: Tiara</p>
<p class="texto">
<h3 style="text-align: center;">Parte 6: el día</h3>
<p class="texto">Cuando empezó el calor y el sol fue aclarando el                        cielo detrás del horizonte, Tiara vio como su familia                        seguía un ritual muy similar al Cock (pero esta vez                        con una mezcla de cola de pescado)</p>
<p class="texto">Para ese entonces Tiara había aprendido                        a leer y escribir en el idioma de la gente del frío.</p>
<p class="texto">Y cuando su pueblo despertó, trajo                        consigo gran cantidad de rollos, en los cuales los ancianos                        del frío habían comenzado a transcribir s                        sabiduría.</p>
<p class="texto">Le costó, quizá, mas trabajo                        convencer a los ancianos del día que de la noche.                        Pero poseía gran habilidad para manear los instrumentos                        de los dioses del frío, leer sus escrituras, contarles                        quien y porque habían muerto y nacido ese invierno.</p>
<p class="texto">Ya no era una niña, se había                        convertido en una mujer, y hasta su muerte fue quien llevó                        la comunicación entre los dos mundos. Ya no se trataban                        de ofrendas sino de intercambios de materia prima útil                        para cada estación. Y, ante cada invierno, aun cuando                        era muy anciana y que sus articulaciones le dolían                        mucho, nunca dejó de llevar a sus nietos a ver el                        saludo del Morlock.</p>
<p><span class="texto">Aun hoy, cuando los pueblos encontraron                        la cura para la memoria, la estatua de Tiara está                        erigida junto al dolmen, en el valle de los Bjon.<br />
</span></p>
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		<title>La lluvia</title>
		<link>http://revistamaneras.com.ar/2008/04/la-lluvia/</link>
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		<pubDate>Thu, 17 Apr 2008 14:08:27 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[lluvia]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[solcito]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: SoLCiTo* La lluvia se abatía sobre el jardín. Después de tantos días de calor y humedad insoportables la bóveda grisácea al fin había enviado el chapuzón. Abandonó por un instante el libro que leía y suspiró con la mirada perdida en un horizonte remoto e inexistente. Y si fuera cierto? si fuera verdad y [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p style="text-align: right;"><strong>Por: SoLCiTo*</strong></p>
<p style="text-align: center;"><strong><a href="../wp-content/uploads/2008/04/lluvia2.jpg"><img class="aligncenter" style="border: 1px solid black;" title="lluvia" src="../wp-content/uploads/2008/04/lluvia2.jpg" alt="" width="800" height="292" /></a><br />
</strong></p>
<p style="text-align: justify;">La  lluvia se abatía sobre                          el jardín.  Después de tantos días                          de calor y humedad  insoportables la bóveda grisácea                          al fin había  enviado el chapuzón. Abandonó                          por un instante  el libro que leía y suspiró                          con la mirada  perdida en un horizonte remoto e inexistente.                          Y  si fuera cierto? si fuera verdad y todo aquello era                           pura evasión y desatino? Sacudió la cabeza                           tratando de alejar esos pensamientos que le impedían                           continuar con la lectura.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>“&#8230;  Acaso el glorioso ejercito no                          necesita a su  jefe ahora más que nunca? quién                          si no puede  levantarlo? Esa noche Emes vaga por la ciudad                          y  luego -todavía bajo la lluvia- sale a la playa.” </em></p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;La  lluvia&#8221;&#8230;                          sí, cómo llovía!! parecía                           que el cielo se caía a pedazos. Bueno, mucho mejor,                           así podía disfrutar de la lectura. Con esa                           lluvia nadie iba a insistirle que hiciera otra cosa que                           leer. Y si fuera cierto? si fuera verdad y  todo aquello                          era pura evasión y desatino? Se  calzó de                          nuevo los anteojos y siguió leyendo.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>“Allí  abajo las tiendas empapadas,                          los soldados  yacen sobre la arena mojada o están                          reunidos  alrededor de hogueras, que en el mejor de los                           casos, no son más que brasas de madera húmeda.                           Beben vino amargo, mezclado con agua salobre y comen sus                           últimas provisiones.”</em></p>
<p style="text-align: justify;">Y si fuera cierto? si fuera verdad y todo                          aquello era pura evasión y desatino?</p>
<p style="text-align: justify;">Cómo  podría serlo! que locura                          pensar siquiera en  eso! Si ella supiera qué sensación                          tan  placentera lo embargaba cuando podía leer despreocupadamente,                           no diría tantas insensateces y cuidaría                           más sus palabras. Aquello era puro gozo y de evasión                           tenía sólo las ganas de esa mujer de arruinarle                           los pocos resabios de felicidad que le quedaban en la                           vida; como si todos tuvieran que sentir las mismas  cosas                          en momentos similares. Después de todo  quién                          demonios le dijo a ella que él era un  tipo común¿qué                          ella no era capaz de darse  cuenta que él NO era                          un tipo común?&#8230;  detestaba la mediocridad, tenía                          demasiado para  dar como para considerarse alguien común                          y  actuar en consecuencia. Hizo un gesto y volvió                          a  fijar la vista en el libro.</p>
<p style="text-align: justify;"><em>“Emes  entra sigilosamente en el campamento,                          que es  pequeño, poco más que un pequeño                          caos”</em></p>
<p style="text-align: justify;">&#8220;Caos&#8221;  susurró inconscientemente,                          “eso es!!!  CAOS!!”  eso es lo que pretendía                          evitar después de  todo. Sería imperdonable                          que alguien comenzara a  manejarle la vida, estaba bien                          así y no quería  modificar el entorno de                          su tranquilidad, su  pequeño universo organizado,                          sus esquemas  conocidos. Quién se creía ella                          al irrumpir así  en SU vida&#8230; ¿Se había                          mostrado cruel cuando  habló la última vez                          con ella? ahora le asaltaba  la duda&#8230; y si él                          había malinterpretado todo y  había sido                          innecesaria aquella conducta seca e  insensible? Mucho                          mejor, no tenía ganas de  comenzar una nueva amistad,                          eso implicaría  restarle tiempo a sus cosas y también                           significaba cierta responsabilidad. Él no estaba                           preparado para eso, le aterraba la idea de confiar en                           alguien; después de todo él le había                           contado algunas cosas y ella&#8230; ella había callado?                           cómo podría estar nunca seguro de eso. Es                           verdad que ella le había confesado sus proyectos                           y algunos secretitos. Sonrió imperceptiblemente.                           Y habían pasado unos lindos momentos juntos, era                           agradable charlar, se sentía una relativa liviandad&#8230;                           pero no podía evitar esa sensación de incomodidad                           que lo arrojaba como un rayo fuera de su sitio, quería                           huir, correr lejos de allí. De hecho lo hacía.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Por  qué? ¿Qué                          era lo que en ella le producía  deseos de escapar?¿                          serían sus ojos profundos  en los que se ahogaba                          sin querer y se veía  perdido sin remedio? ¿sería                          acaso su sonrisa  hechicera? o la forma en que movía                          sus manos ?  quizás su voz dulce, tal vez la forma                          en que  ella se sentaba: mitad niña, mitad mujer                          &#8230; o  acaso sería todo eso a la vez.</p>
<p style="text-align: justify;">Se  sentía desfallecer súbitamente                          y sin razón. Si  después de todo ella no                          lo atraía en lo  absoluto, solo disfrutaba a medias                          de su manera  de contar las cosas con una vivacidad y una                           pasión sin igual&#8230; pero no le gustaba, ni siquiera                           cuando lo observaba mientras él relataba alguna                           hazaña, y si se ponía nervioso era porque                           no le gustaba que lo miraran fijamente y de manera tan                           abierta. Se sentía expuesto, ella osaba abrir ese                           cofre misterioso en su mente. ¿Qué sería                           de él sin sus secretos y sus silencios? Por Dios!!!!                           que sería si dejaba de ser el muchachito estudioso                           y reservado que todos conocían!!!???</p>
<p style="text-align: justify;">Suspiró profundamente y retomó                          la lectura :</p>
<p style="text-align: justify;"><em>“Siente  que nadie daría la                          bienvenida a un muchacho de  12 años, aunque esté                          muy crecido para su edad.  Siente también que a                          un muchacho de 12 años le  harían cosas terribles;                          que como las siseantes  brasas en las hogueras, en el ejército                           derrotado brilla una predisposición a la violencia&#8230;”</em></p>
<p style="text-align: justify;">Por  qué??? por qué                          había entrado en su vida, si  todo estaba tan prolijamente                          ordenado, lo  blanco era blanco y lo negro, negro&#8230; nadie                           cuestionaba su forma de ser y era más bien admirado                           por su perseverancia y su capacidad intelectual. Deseaba                           que ella se esfumara de su vida para siempre, que todo                           volviera a ser como era.</p>
<p style="text-align: justify;">Quería  dejar de sentir                          esa emoción indefinida que  odiaba. En su familia                          había pasado por momentos  duros, no obstante no                          eran los momentos los  que lo asustaban, sino las emociones                          que  surgían de ellos. Ese caudal de sensaciones                           indefinidas e incertidumbres lo abrumaban hasta el punto                           de impedirle pensar.</p>
<p style="text-align: justify;">Por  qué ella insistía                          una y otra vez, es que no  entendía que él                          había renunciado a vivir la  vida de los humanos                          por aferrarse a un puñado  de seguridad? Ella insistía                          una y otra vez  mientras él veía cómo                          su pequeño mundo de  felicidad se desbarataba, se                          desvanecía  conforme transcurría el tiempo                          de su  existencia. No era que ella lo llamara siempre,                           es más hacía mucho que no hablaban, pero                          su  silencio prolongado era sin dudas su forma de decir                           que estaba en desacuerdo con la forma en que él                           manejaba las cosas. Él no iba a abandonar sus costumbres                           ni a las figuras conocidas de la infancia. No quería.</p>
<p style="text-align: justify;">¿Temía  sufrir?                          ¿Le aterraba cambiar? ¿Se rehusaba a  crecer?                          Lo que fuera, no le importaba.</p>
<p style="text-align: justify;">El  tiempo se deslizaba a                          través suyo como si él  no existiera, pero                          modificaba su universo  cercano de una forma en la que                          no le encontraba  gracia alguna: con sufrimiento.</p>
<p style="text-align: justify;">La  lluvia se había                          vuelto insostenible a la  mirada y cerró la ventana                          para no mojarse.  Caminó unos cuantos pasos por                          la habitación  como si estuviera buscando algo y                          volvió a su  lugar bajo la ventana. Observó                          lo poco que  quedaba visible desde el vidrio y se dijo                          que  era allí donde quería pasar el resto                          de sus  días. Lejos de las incertidumbres, de las                           responsabilidades y las exigencias.</p>
<p style="text-align: justify;">Es  verdad que él mismo                          era sumamente exigente  consigo mismo, pero bien distinto                          era que las  exigencias vinieran desde el exterior, donde                           todos eran extraños.</p>
<p style="text-align: justify;">En  aquel momento se prometió                          a si mismo que nunca  abandonaría su mundo privado,                          eso era lo que  consideraba propio y no pensaba compartirlo                          con  nadie.</p>
<p style="text-align: justify;">Pero,  y si fuera cierto?                          si fuera verdad y todo  aquello era pura evasión                          y desatino?</p>
<p style="text-align: justify;">&#8230; Llovía.</p>
<p style="text-align: justify;">?</p>
<p style="text-align: right;">* es el seudónimo de Cintia Vanesa Días</p>
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		<title>Negro in Blue</title>
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		<pubDate>Mon, 14 Apr 2008 15:48:40 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[práctica]]></category>
		<category><![CDATA[prosa]]></category>
		<category><![CDATA[solcito]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: SoLCiTo Se recostó como pudo sobre la hierba húmeda, tratando de olvidar lo que había ocurrido. La noche le hubiera parecido mágica en otra ocasión, pero ahora sólo deseaba que concluyera. Miró de reojo, el auto seguía allí como testigo silencioso de su estupidez. Había huido como de costumbre, pero esta vez se sentía [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="texto" style="text-align: right;"><strong>Por: SoLCiTo</strong></p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/negro.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-133" style="border: 1px solid black;" title="negro in blue, un cuento de suspenso" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/04/negro.jpg" alt="" width="800" height="301" /></a></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Se recostó como pudo sobre la hierba húmeda,                        tratando de olvidar lo que había ocurrido. La noche                        le hubiera parecido mágica en otra ocasión,                        pero ahora sólo deseaba que concluyera.<br />
Miró de reojo, el auto seguía allí                        como testigo silencioso de su estupidez. Había huido                        como de costumbre, pero esta vez se sentía perturbado.                        Quizás ya es tiempo de enfrentar la realidad, suspiró.<br />
La mirada triste lo intimidaba ahora, y le hizo recordar                        lo que pretendía negar con todas sus fuerzas.<br />
La noche anterior presentía que el alejamiento se                        había hecho crónico; nada le señalaba                        que al día siguiente el oráculo confirmaría                        su sabiduría.</p>
<p class="texto" style="text-align: center;"><span class="titulo">***</span></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La había conocido hacía cuatro                        años, en un boliche de mala muerte. Aquel día                        los dos habían decidido olvidar y olvidarse en la                        bebida. Ella era una neófita en cuestión de                        tragos, él todo un entendido. Sin embargo la distancia                        mermó al instante que comenzaron a intercambiar suspiros                        y miradas soslayadas.<br />
Era alta, su figura de lánguida tristeza evocaba                        a las heroínas de las novelas de Jane Austin. Cuando                        hablaba, sus ojos se proyectaban sobre él como un                        cinematógrafo. Su acento provinciano, sus silencios                        dolorosos y su mueca melancólica lo enloquecían                        de sobremanera.<br />
Esa primera noche fue un simulacro de eternidad, el signo                        claro de la adyacencia de un espacio sin tiempo, y de una                        dicha sin parangón. Los sorprendió la madrugada                        en plena comunión de <span id="more-48"></span>almas. Aconteció aquel                        día el reencuentro kármico que trabó                        un lazo inquebrantable de hambre del otro, un pacto secreto                        de urgencia espontánea.<br />
Hubo temporadas de silencio mutuo, pero el reencuentro se                        transfiguraba en fiesta; y cada distanciamiento traía                        consigo el nacimiento de una etapa nueva. Profesaban una                        ansiedad por el otro, juntos obtenían la felicidad                        que se les vedaba en forma individual.<br />
En uno de esos reencuentros ella, que descansaba sobre su                        pecho, se permitió una caricia y él, que no                        comprendía de dulzuras, dedujo que aquella era la                        señal buscada desde hacía tiempo. En la confusión,                        el destino tejió su trama de complicaciones, y lo                        que había sido sortilegio se tornó terrenal.<br />
Empezaron a frecuentarse casi con desesperación,                        hasta que concluyeron que lo que creían compartir,                        era insuficiente&#8230; no obstante, prefirieron dejarse caer                        en la pasión antes que escalar al pensamiento.<br />
Nada es para siempre, dice la sabiduría popular&#8230;                        al finalizar la primavera, él la dejó. Le                        dijo que era demasiada mujer para él y que no quería                        lastimarla. Se reconocía como un egoísta incurable                        y un perpetrador de maldades; muy distinto a lo que ella                        creía ver en él. Sus razones –obviamente-                        eran otras, pero prefirió tirarse a menos (siempre                        le había dado resultado en sus anteriores separaciones),                        “una mentira piadosa no hacía mal a nadie”,                        al contrario.<br />
Algo le decía que, en el fondo, ella no había                        comprendido nada en lo absoluto, pero prefirió dejar                        las cosas así y esperar que el tiempo curara las                        heridas.<br />
Si en aquel momento alguien le hubiera pedido una dosis                        de sinceridad, él no hubiera sabido contestar. ¿La                        dejó porque se había aburrido? ¿Cansado?                        ¿Asustado? Aun hoy, si se detiene a pensarlo, le                        es imposible definir el sentimiento que lo llevó                        a tomar aquella decisión.<br />
Hay sucesos que determinan el rumbo de nuestra existencia,                        éste fue -sin dudas- uno de ellos. La dejó,                        sin intuir lo que sucedería después.</p>
<p class="titulo" style="text-align: justify;">***</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Tras varias relaciones miserables, comenzó                        a pensar en ella. A veces la recordaba como algo dulce,                        a veces como algo tormentoso&#8230; pero nunca se permitió                        conjeturar qué hubiera pasado de continuar juntos.                        Las remembranzas eran como fragmentos de tiempo cristalizado,                        instantáneas que la mente se emperraba en mostrarle                        mientras manejaba o hacía la cola para retirar plata                        del cajero.<br />
Y así pasaron dos años.<br />
Una mañana despertó y necesitó verla.                        No por pasión o nostalgia, sino por simple curiosidad.                        La imaginaba pálida, desolada, y de mirada abatida.                        Se figuró que finalmente conocía el origen                        de aquellos ojos tristes. Súbitamente recordó                        una conversación que le intrigó en su momento,                        y siguió intrigándole luego: No es tristeza                        de un pasado –le habría dicho- sino de un futuro.                        La frase se multiplicó en su cabeza, con la rapidez                        de un rayo&#8230; y creyó verse fulminado por una certeza:                        él era el motivo de aquella tristeza del futuro;                        Él cumplió la profecía en el momento                        en que decidió retirarse.<br />
Repentinamente se le antojó que él pudiera                        –así mismo- desarmar el destino y devolverle                        la alegría a los ojos que nunca la tuvieron.<br />
Estuvo toda la mañana soñando con el encuentro                        y la redención, hasta que ya pasado el mediodía                        se dispuso a llamarla.<br />
La conversación le había parecido un tanto                        seca, pero no le extrañó, después de                        tanto tiempo era de esperar. Las horas siguieron torturándolo                        hasta que las diez menos dieciocho le devolvieron la sonrisa&#8230;                        era lógico, acababa de darse cuenta que había                        conseguido lo que quería. Diez minutos después                        descendía del auto luego de ponerse un poco del perfume                        que llevaba en la guantera.<br />
Respiró profundo y avanzó. Los ocho minutos                        que transcurrieron entre que tocó el timbre y la                        vio aparecer por la puerta, fueron una infinitud que se                        contrajo cuando él comprobó que estaba más                        flaca y más triste&#8230; casi como la había imaginado                        (como había necesitado verla).<br />
Una mezcla de culpa y satisfacción se enredaba por                        su rostro, ella lo besó en la mejilla y subió                        al auto sin más.<br />
Dieron un paseo por los lugares que solían frecuentar,                        en una especie de excursión por el pasado. Rieron                        de las viejas ocurrencias, disfrutaron los recuerdos a la                        hora de la cena; y así pasaron&#8230; una.<br />
Dos.<br />
Tres.<br />
Cuatro.<br />
Cinco horas de charla ininterrumpida y superficial tras                        lo cual decidieron volver al auto.<br />
La disociación parecía definitiva.<br />
Aquella mujer, que otrora se abandonaba gustosa a sus desvaríos,                        evadía –ahora- sistemáticamente toda                        insinuación, todo roce estudiado. Creyó haberla                        perdido para siempre y eso le fastidiaba a más no                        poder. Lo que empezó como un juego, se convirtió                        en una obsesión: él quería que ella                        volviera a amarlo. Lo que no tenía claro era el porqué.                        ¿En el fondo nunca la había olvidado, o era                        puro amor propio? A esa altura, ya no importaba.<br />
Con ingenuidad creyó que en el auto ella se entregaría,                        como en las épocas cuando la confusión era                        su aliada. Pero al tiempo cayó en la cuenta que no                        podía apurar una situación que ella claramente                        soslayaba.<br />
Ágilmente elaboró una estrategia: puso de                        pretexto su contractura cervical (un recurso que le había                        dado muchas satisfacciones en el pasado) y en una fracción                        de segundo sintió sus dedos finos deslizándose                        por su cuello, con una maestría que sólo ella                        conocía. Aquellos segundos creyó tocar el                        cielo, creyó haber recuperado su paraíso perdido&#8230;                        pero el encantamiento se dispersó cuando pudo discernir                        entre su deseo y la realidad.<br />
Ella ya no le pertenecía. Sus dedos realizaban un                        trabajo mecánico, mientras su espíritu se                        encontraba a kilómetros de allí.<br />
Con todo, no se dio por vencido -la resignación nunca                        fue su fuerte- y trató de escalar el árido                        peñasco de la sinceridad. Sinceridad, que en realidad,                        era bastante calculada y que a ella parecía no conmoverla                        en lo absoluto.<br />
Desesperado apeló a la escucha, y fue entonces cuando                        cometió la estupidez de escudriñar en la lejanía                        triste y molesta de su ex amante y compañera.<br />
Había encontrado la llave, pero ¿quería                        él abrir esa puerta? Fue como si ella volviera instantáneamente                        a su cuerpo. Fue en aquel momento cuando ella le espetó                        con palabras despojadas todo lo que él le había                        hecho sentir en las épocas en que estuvieron juntos.<br />
Inicialmente, él se evadió imaginando que                        aquello era simple despecho&#8230; pero pronto no pudo soportar                        más: las palabras le pegaban como un martillo neumático.<br />
Quiso callarla.<br />
Le habló con dulzura, minimizando las referencias                        extemporáneas. Pero eso, lejos de serenarla, la enloqueció.                        Intentó entonces besarla, silenciarla con la caricia                        húmeda de sus labios, pero ella lo rechazó.<br />
Enfurecido, la tomó con fuerzas por la cintura y                        le tapó la boca. No quería escucharla&#8230; no                        quería oír aquel festín de sentimientos                        desgarrados, aquel muestrario de bajezas propias.<br />
La enmudeció porque al escucharla algo dentro de                        él se rompía para siempre.<br />
Amordazándola se amordazaba a sí mismo.<br />
Eso necesitaba… callarla.<br />
Silenciarla.<br />
Desfigurarla.<br />
De pronto sintió que ella ya no intentaba gritar.<br />
El forcejeo devino en quietud.<br />
Su cabeza dejó de latir y aflojó entonces                        la mano. Con horror comprobó lo irreversible de la                        situación, la herida sangraba a borbotones.<br />
Se alejó del auto aturdido y se echó a la                        hierba húmeda. Sentía que aquellos ojos tristes                        habían encontrado su causa, y que él estaba                        –indudablemente- ligado a ella. Pretendió escapar                        rumiando en el pasado, pero el presente lo abofeteó                        con crueldad.<br />
Estaba muerto.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">
<p class="texto" style="text-align: right;">* es el seudónimo de Cintia Vanesa Días</p>
]]></content:encoded>
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		<item>
		<title>Rozando el éter</title>
		<link>http://revistamaneras.com.ar/2008/02/rozando-el-eter/</link>
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		<pubDate>Tue, 26 Feb 2008 13:27:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>Cintia Vanesa Días</dc:creator>
				<category><![CDATA[Autores]]></category>
		<category><![CDATA[cuento]]></category>
		<category><![CDATA[solcito]]></category>

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		<description><![CDATA[Por: SoLCiTo* El espacio entre él y la pared era prolífico en ilusiones. Siempre se las ingeniaba para elaborar artilugios con la mente y traerla al presente cada vez que la deseaba. Era un movimiento telepático simple, nada que no se pudiera lograr con un poco de concentración. Siempre se buscaban ahí, en el espacio [...]]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<p class="subtitulo" style="text-align: right;"><em>Por: SoLCiTo*</em></p>
<p style="text-align: center;"><a href="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/02/ventana1.jpg"><img class="aligncenter size-full wp-image-127" title="Cuento sobre enfermedades mentales" src="http://revistamaneras.com.ar/wp-content/uploads/2008/02/ventana1.jpg" alt="" width="716" height="358" /></a></p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">El espacio entre él y la pared era                          prolífico en ilusiones. Siempre se las ingeniaba                          para elaborar artilugios con la mente y traerla al presente                          cada vez que la deseaba. Era un movimiento telepático                          simple, nada que no se pudiera lograr con un poco de concentración.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Siempre se buscaban ahí, en el                          espacio entre la pieza y el baño, en aquel rincón                          cálido y mullido sobre el silloncito de pana morada.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Su pensamiento se encaramaba a ese silloncito                          como un pibe a un tobogán, de allí surgían                          experiencias excitantes y momentos de intimidad que pocos                          lugares de la casa solían ofrecer.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Él anotaba los encuentros en su                          diario con tantos detalles que cuando sus ojos rozaban                          las palabras, era como si ingresaran al pasado…                          volvían los mismo estremecimientos, los mismos                          calores. “¡Qué tipo raro este!”                          Pensó de sí mismo en un desdoblamiento inexplicable                          y frecuente.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Sus recuerdos se remontaban prácticamente                          a una década. Tantas veces se había quedado                          en vela observándola, contemplando al trasluz cómo                          se llenaban de aire sus pulmones, tratando de dilucidar                          porqué su aliento sabía a rosas y menta                          cada vez que la besaba, sin importar la hora o el lugar.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Y allí estaba ella, en el rincón,                          con esa sonrisa suave que lo acariciaba de lejos. Él                          corrió como un loco, la abrazó en un arrebato                          y le murmuró al oído lo mucho que la necesitaba.                          Ella echó la cabeza hacia atrás y suspiró.                          “Te amo Celina” le dijo, pero ella no respondió.                          Se besaron sin tregua y sin descanso se amaron.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;"><span id="more-38"></span> Arrullado entre sus brazos él se                          cuestionó tanta alegría ¿a quién                          besaba? ¿A su reflejo o a ella? ¿A quién                          amaba realmente? ¿A Celina o a la imagen que había                          soñado de su mujer ideal? ¿Era Celina esa                          mujer? ¿O era otra? ¿Por qué ya ni                          le hablaba?</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">De pronto vio al vecino asomado a la ventana                          mirándolos ¿qué miraba tanto? ¿qué                          quería? ¿Por qué lo espiaba siempre                          y le hacía hacer cosas desagradables? Sin dudas                          la belleza de Celina era inconmensurable, su cabello largo                          y sedoso, su cuello como de cisne, sus piernas finas,                          sus contornos acentuados y sus ojos almendrados hechizarían                          a cualquier hombre… pero aquella mirada estaba desubicada,                          ella estaba con él. Y el vecino tendría                          que desistir de esa intimidación visual.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">De pronto quiso escarmentarlo, como siempre,                          incomodarlo para que no se asomara por la ventana.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">La besó largamente, luego la apretó                          contra su cuerpo con una violencia inusual mientras de                          reojo observaba hacia la ventana. Celina intentaba safarse,                          a él parecía no importarle y el vecino seguía                          espiándolos… incentivandolo a cometer                          actos en contra de su voluntad. Se separó de Celina                          y se dirigió a la ventana en un gesto abierto de                          provocación. El vecino se alejó.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Cuando regresó al rincón                          se descubrió solo . ¿Dónde estaba                          Celina? la buscó sin éxito. Eso le pasaba                          por asustarla de esa forma, le tendría que haber                          dicho lo que pretendía, a ella no le gustaba cuando                          él se comportaba como un orangután.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Sintió la llave en la cerradura                          y se dirigió hacia la puerta. Su hermano Rodolfo                          lo miró un tiempo, como esperando una respuesta;                          él le preguntó por Celina haciendo caso                          omiso a aquella mirada y se dirigió al cuarto por                          una bata. Rodolfo lo observó con una expresión                          confusa, mezcla de sorpresa y tristeza. Se quedó                          un segundo en el umbral, antes de decidirse a entrar.                          Las persianas estaban bajas, y apenas podía distinguir                          el camino a la cocina.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">Él se apareció radiante                          y le ofreció un té que Rodolfo aceptó                          mientras sacaba una caja de Halopidol del bolsillo y le                          pedía agua.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">-Toma, te toca ahora – le dijo</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">-Bueno – sonrió – ¿qué                          es de tu vida? ¿y los chicos? Lastima que se fue                          Celina, nunca se ven &#8211; tragó la pastilla &#8211; Decí                          que sos mi hermano, porque sino seguro que te enamorás                          de ella. Lástima que se fue.</p>
<p class="texto" style="text-align: justify;">-Lastima – suspiró mientras                          enfriaba el té si apartar la vista de la cajita                          blanca.</p>
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